La revolución científica como cambio de léxico: el rol constitutivo de la metáfora en el pensamiento de Thomas Kuhn
1. Introducción
La relación entre el lenguaje científico y la metáfora ha estado marcada históricamente por una profunda desconfianza. Habitualmente, no se ha reconocido su importancia o se ha hecho caso omiso de su existencia, ignorando su uso efectivo. Tal como señala O. Nudler (2011), la filosofía moderna operó una exclusión sistemática del lenguaje figurado del ámbito del conocimiento, comparando a las metáforas con "fuegos fatuos" que nublaban el entendimiento. Esta actitud de rechazo se profundizó con el advenimiento del empirismo lógico y el positivismo, corrientes que cimentaron su proyecto epistemológico sobre la búsqueda de un lenguaje observacional neutral y puramente descriptivo. Para la tradición empirista, la metáfora no era más que un accidente lingüístico o un simple ornamento retórico desprovisto de todo valor epistémico.
Sin embargo, la crisis del modelo positivista a mediados del siglo XX trajo consigo un giro que abrió la puerta a una reivindicación cognoscitiva de la metáfora apoyada en la "teoría interactiva" de Max Black. Se comenzó a entender que la metáfora no se limita a señalar similitudes preexistentes, sino que posee un carácter creador, proyectando un sistema de implicaciones de un dominio a otro y organizando nuevos significados. Es precisamente en el corazón de este giro donde se inscribe el pensamiento maduro de Thomas Kuhn.
La propia formulación original de la teoría kuhniana dependió de marcos metafóricos que el autor debió someter luego a una autocrítica. En La estructura de las revoluciones científicas (1962), Kuhn se había apoyado en la metáfora visual del "cambio de Gestalt" para explicar cómo, tras una revolución, los científicos pasaban a percibir un mundo diferente. Pero más tarde reconoció que transferir una experiencia psicológica individual, como el cambio gestáltico, a toda una comunidad científica era una metáfora desatinada, ya que las comunidades no tienen mentes ni sufren experiencias perceptivas colectivas de manera instantánea.
M. Masterman (1975) observó que Kuhn había utilizado la palabra "paradigma" en al menos veintiún sentidos distintos a lo largo de su obra. Kuhn se hizo cargo de esta ambigüedad y confesó que la solución a los enigmas del cambio científico requería abandonar las metáforas perceptuales. Aceptó que, a pesar de sus diferencias con Masterman, ambos se aproximaban al problema del mismo modo, ya que compartían la convicción sobre “la relevancia de la filosofía del lenguaje y de la metáfora." (Kuhn, 1975, p.395).
A pesar de estar decididamente presente en sus escritos de madurez, el interés de Kuhn por la metáfora puede rastrearse en estudios previos a la publicación de La estructura. Ya en las conferencias Lowell de 1951, el joven Kuhn se refería a los "puntos de vista metafóricos", entendiéndolos como tendencias a ver diferentes tipos de comportamientos en la naturaleza como similares o mutuamente reveladores, y reconocía que toda la ciencia depende de las metáforas[1]. El giro lingüístico del Kuhn tardío puede verse, entonces, como una renovación de sus intuiciones originarias.
Este trabajo busca mostrar cómo, para Kuhn, el desarrollo científico y las revoluciones no pueden entenderse sin el concepto de metáfora. En el modelo kuhniano, la metáfora ya no cumple un papel meramente exegético, sino que asume un rol constitutivo con función cognoscitiva dentro de las teorías científicas. Los procesos metafóricos son los responsables de fundar las taxonomías del léxico científico, determinando qué objetos del mundo se agrupan en "familias naturales" al establecer complejas redes de similitudes y diferencias. Por otra parte, Kuhn adopta también una metáfora estructurante bastante poderosa: la de la evolución biológica y la especiación darwiniana. De este modo, la metáfora se erige además como una herramienta de gran utilidad para explicar el progreso del conocimiento sin necesidad de postular una verdad absoluta.
2. El papel de la metáfora en la ciencia
Durante gran parte de la modernidad y del período de hegemonía del empirismo lógico, el uso de metáforas en el discurso científico fue tolerado únicamente en su función exegética, pedagógica o heurística. Según esta visión, el científico podía apelar a una metáfora (como comparar la corriente eléctrica con el flujo del agua a través de una tubería) para facilitar la comprensión de un concepto a los estudiantes o al público lego, pero se asumía que, en principio, todo el contenido cognitivo de esa metáfora podía ser traducido a un lenguaje literal, matemático y puramente observacional sin pérdida alguna de significado. Como afirma A. Estévez, "si la metáfora es una expresión que sustituye a una expresión literal ausente -aunque eventualmente disponible- la introducción de la metáfora no implica ningún plus de información ni valor epistémico. Por lo tanto, si la metáfora no agrega nada, no sólo funciona del mismo modo que una expresión literal sino que tiene una función meramente ornamental" (2007, p.28). La metáfora era vista, en el mejor de los casos, como un andamio temporal útil para la construcción de una teoría.
En su ensayo La metáfora en la ciencia de 1979, escrito originalmente como respuesta a las tesis del filósofo Richard Boyd, Kuhn argumenta apoyándose en este autor que las metáforas “son fundamentales para la ciencia, aportando en ocasiones «una parte irreemplazable de la maquinaria lingüística de la teoría científica», desempeñando un papel «constitutivo, más que meramente exegético, de las teorías que expresan»” (2002b, p.239). Es decir, la metáfora no es un mero ropaje retórico que envuelve a la teoría para hacerla más digerible, sino que “desempeña un papel esencial en el establecimiento de conexiones entre el lenguaje científico y el mundo” (Kuhn, 2002, p.241) y permite a la teoría formular sus principios fundamentales.
Para sostener esta afirmación, Kuhn debe apoyarse en una teoría de la metáfora que trascienda la mera idea de sustitución o comparación implícita. Es aquí donde entra en juego la teoría interaccionista formulada por el filósofo Max Black. Según la perspectiva tradicional o "sustitutiva", una expresión metafórica se utiliza para comunicar un significado que perfectamente podría haberse expresado de manera literal. Black rechaza esta idea argumentando que la paráfrasis literal siempre fracasa porque no logra capturar la intuición cognitiva profunda que la metáfora proporciona. Para este autor, cuando “tratamos de enunciar el contenido cognoscitivo de una metáfora interactiva en «lenguaje llano y directo» [...] el conjunto de enunciados literales así obtenidos carecerá de la fuerza informativa y esclarecedora del original..." (Black, 1966, p.55).
En su enfoque interaccionista, Black propone que toda metáfora consta de dos dominios, uno primario y otro secundario. Tal como explica Lavorerio, el domino primario o principal “es el marco literal donde ocurre la metáfora”, y el dominio secundario o subsidiario “es el foco de la metáfora” (2025, p.94). La metáfora funciona proyectando sobre el dominio primario un "complejo implicativo" o un "sistema de lugares comunes asociados" que pertenecen naturalmente al dominio secundario. Cuando alguien formula la metáfora "la sociedad es un mar", no está simplemente señalando que la sociedad humana y una gran masa de agua salada comparten incidentalmente algunas propiedades previas. Por el contrario, la metáfora obliga al oyente a tomar la red de implicaciones asociadas al mar (su inmensidad, sus corrientes ocultas, sus tormentas impredecibles, su capacidad para ahogar a los individuos) y utilizarlas como un filtro, ya que, en palabras del propio Black, “la metáfora selecciona, acentúa, suprime y organiza los rasgos característicos del asunto principal al implicar enunciados sobre él que normalmente se aplican al asunto subsidiario” (1966, p. 54).
Quizás el aspecto más interesante de la teoría de Black, y con el que Kuhn acuerda, es su potencial creador. La interacción entre ambos dominios no se limita a poner de manifiesto similitudes que ya existían en el mundo previamente. De alguna manera, la metáfora crea la semejanza.
Comoquiera que la metáfora funcione, no proporciona una lista de los aspectos en los que se asemejan los temas yuxtapuestos por la metáfora. Por el contrario, como sugieren tanto Black como Boyd, a veces (quizá siempre) es revelador ver la metáfora como creando o provocando las semejanzas de las que depende su función (Kuhn, 2002b, p.234).
De esta forma, al forzar la interacción entre dos dominios que no son obviamente idénticos, la mente traza nuevas conexiones estructurales y relacionales, por lo cual “la metáfora cambia el significado con el que tanto el hablante como el oyente entienden las palabras en esa ocasión particular” (Lavorerio, 2025, p.95).
Kuhn se apropia de este potencial creador y lo sitúa en el centro mismo de la actividad científica, extendiendo el paralelo de la metáfora hacia el proceso por el cual los científicos aprenden a agrupar los objetos del mundo y a fijar la referencia de sus conceptos. El proceso de ostensión (señalar ejemplares) funciona de manera análoga a una metáfora interactiva. En palabras de Kuhn, “la metáfora es esencialmente una versión de más alto nivel del proceso por el que la ostensión interviene en el establecimiento de la referencia para los términos de clase natural” (2002b, p.239). Kuhn nos pide imaginar cómo un aprendiz asimila el concepto de "juego". Al yuxtaponer una partida de ajedrez y un partido de tenis, se invita al aprendiz a descubrir las características que los hacen similares y “que por ello resultan relevantes para la determinación de la referencia” (Kuhn, 2002b, p.238). La yuxtaposición de estos ejemplares funciona como la interacción entre los dominios primario y secundario de Black; en tanto recorta el mundo, destaca ciertos rasgos estructurales compartidos y funda una categoría o "familia natural". “Es sobre la base de estos procesos que nuestro lenguaje se liga al mundo. Una vez que la interacción entre ejemplares ha puesto de relieve ciertos rasgos y ha fijado ostensivamente la referencia de un término de familia natural, el mundo queda para nosotros «recortado» de una determinada manera, que consideramos «natural»" (Romaniuk, 2000, p.386).
La diferencia entre el uso meramente pedagógico y el uso constitutivo de la metáfora queda ilustrada en el debate entre Kuhn y Boyd sobre el modelo atómico de Niels Bohr. Mientras que Boyd consideraba que comparar el átomo con un "sistema solar en miniatura" era un mero recurso exegético, útil para la enseñanza pero reemplazable por técnicas no metafóricas y literales, Kuhn sostiene que dicha metáfora fue el motor cognitivo de la teoría cuántica e hizo posible su desarrollo. El trabajo real de la investigación consistió precisamente en interactuar con esa metáfora para descubrir qué leyes clásicas se aplicaban a los electrones y cuáles no. Si bien la física cuántica avanzó posteriormente hacia representaciones más abstractas, "este modelo reemplazó a la metáfora del sistema solar pero, al hacerlo así, no reemplazó el proceso metafórico" (Kuhn, 2002b, p.240)
Para Kuhn, entonces, este andamiaje metafórico nunca desaparece por completo. Las expresiones formales de la ciencia están ligadas inexorablemente al mundo a través de los modelos metafóricos que las originaron. Como señala explícitamente Kuhn, sin la ayuda de la analogía interactiva que proporciona el modelo, "incluso hoy no se puede escribir la ecuación de Schrödinger para una molécula o átomo complejos, porque los distintos términos de esta ecuación refieren al modelo, no directamente a la naturaleza" (2002b, p.240), es decir, las ecuaciones no explican una realidad objetiva y libre de interpretaciones, sino que describen cómo se comporta el mundo a través de la lente de ese modelo.
En definitiva, la apropiación que Kuhn hace de la teoría interaccionista demuestra que la metáfora no se limita a reflejar similitudes que aguardaban pasivamente en la naturaleza a ser descubiertas. Al articular los términos teóricos y conectarlos con la experiencia a través de ejemplares, el proceso metafórico crea las relaciones de similitud y diferencia que fundan las taxonomías de la ciencia. La metáfora deja de ser un adorno literario para revelarse como un elemento constitutivo del lenguaje científico, determinando qué entidades pueblan el mundo del investigador, cómo interactúan entre sí y qué problemas son legítimos para la resolución de rompecabezas dentro del período de ciencia normal.
3. El aprendizaje del léxico y la creación de taxonomías
Para comprender el rol de la metáfora en la obra de Kuhn, es necesario abandonar la concepción tradicional según la cual conocer el significado de un término equivale a conocer su definición exacta, lo cual implica poseer una lista mental de condiciones necesarias y suficientes para su aplicación (Melogno, 2025). Desde este punto de vista, si un individuo sabe lo que significa la palabra "cisne", debe conocer un conjunto de rasgos característicos tales que un objeto será considerado un cisne si, y solo si, posee todas y cada una de esas características.
Tal como advierte Kuhn en la segunda de sus Conferencias Notre Dame (1980), el defecto central de la visión clásica es que nos comunicamos con total fluidez sin ser capaces de enumerar las propiedades exactas que definen nuestras palabras. El caso del "cisne negro" australiano ilustra este punto al evidenciar que si la blancura fuese un rasgo excluyente y necesario, afirmar que "todos los cisnes son blancos" sería una mera tautología irrefutable (y el ave acuática negra de cuello largo australiana no sería un cisne, sino algo parecido). Por el contrario, si se acepta que esa nueva ave es un cisne, el color deja de ser una condición definitoria. Como en la práctica las personas suelen debatir frente a este tipo de anomalías empíricas en lugar de aplicar un diccionario mental estricto, Kuhn concluye que el aprendizaje de los conceptos no se apoya en asimilar listas cerradas de requisitos (Kuhn, 2025).
Como alternativa, Kuhn se apoya inicialmente en la "teoría del cúmulo" (cluster theory), inspirada en el concepto de "parecidos de familia" de Ludwig Wittgenstein (concepto al que ya había recurrido en La estructura). Según esta perspectiva, un objeto pertenece a una categoría si posee una cantidad suficiente de características extraídas de un cúmulo de rasgos típicos de esa clase, sin que ninguno de ellos sea estrictamente necesario o indispensable.
La noción que busco es la de concepto cúmulo. Esta conserva la idea de lista o cúmulo de características, pero abandona el intento de diferenciar entre los rasgos que forman parte de la definición y los que se aplican empíricamente. La lista solo se compone, entonces, de los rasgos prevalentes o habituales [...] En ciertos casos, se dice que un objeto presentado es un cisne si y solo si tiene suficientes rasgos del cúmulo cisne o de la lista cisne (Kuhn, 2025, p.57)
Para explicar cómo un individuo adquiere este cúmulo de características y logra estructurar su conocimiento del mundo sin apelar a definiciones formales, Kuhn introduce en “Segundas reflexiones acerca de los paradigmas” (1974), y desarrolla posteriormente en las conferencias Notre Dame (1980) y Thalheimer (1984), su experimento mental sobre "Johnny en el parque".
Kuhn nos invita a imaginar a un niño, Johnny, paseando por un zoológico con su padre. Si bien Johnny posee un vocabulario básico y sabe identificar a un "pájaro", desconoce por completo a las aves acuáticas. Lo que se genera al llegar al lago es una incomprensión ante la diferencia entre patos, gansos y cisnes, los cuales se hallan mezclados en una masa perceptual indiferenciada. Lo que cabe preguntarse ahora es cómo nace en el niño esta distinción. Se puede decir que se origina en la ostensión. El padre señala a un ave y la nombra “cisne”. Un poco más tarde, Johnny señala a otra creyéndola cisne, pero el padre lo corrige mostrándole que es un ganso. Este acto de aprendizaje, que refuerza aciertos y corrige errores, culmina cuando Johnny se vuelve un hablante competente capaz de nombrar a las tres clases de aves sin equivocarse.
Para explicar qué ha ocurrido exactamente en la mente del niño, Kuhn introduce el concepto de "espacio de características" (feature space). La yuxtaposición guiada de los distintos ejemplares ha operado de forma análoga a una metáfora interactiva. El padre no le brindó una lista de reglas, sino que lo invitó a descubrir un sistema de similitudes y diferencias al que el niño no tenía acceso previamente. Al contrastar un pato y un ganso, Johnny se ve forzado a ignorar ciertas características genéricas y a prestar atención a diferencias más sutiles. Kuhn advierte que “cuando elijo patos, gansos y cisnes […] me apoyo bastante en la curvatura del cuello y en las longitudes relativas del cuello y del cuerpo. En cualquier caso, en el transcurso del paseo, Johnny adquiere un espacio de características enriquecido, uno en el que los patos se agrupan en un lugar distinto al ocupado por los gansos y de forma similar para los cisnes" (Kuhn, 2025, p. 62).
El proceso de ostensión y yuxtaposición metafórica reprograma el aparato perceptual del niño. En su nuevo "espacio de características", los rasgos se han ponderado de tal manera que las aves se agrupan en cúmulos separados, existiendo un espacio vacío entre ellos. Las fronteras de estos conceptos están dados por parecidos de familia, por lo cual un nuevo ejemplar será clasificado simplemente acercándolo al cúmulo de criaturas con las que comparte el mayor número de características. "En resumen, Johnny ha aprendido a aplicar etiquetas simbólicas a la naturaleza sin nada semejante a definiciones o reglas de correspondencia. A falta de ellas emplea una percepción aprendida, pero primitiva, de semejanza y diferencia" (Kuhn, 1979, p.527).
Este modelo de aprendizaje ostensivo revela que, según Kuhn, no es posible separar el aprendizaje del lenguaje del aprendizaje del mundo. Cuando Johnny aprende a usar las palabras "pato", "ganso" y "cisne", no está simplemente poniendo etiquetas sobre entidades que ya existían preestablecidas en su mente. Al adquirir el léxico, el niño accede a una ontología que le dice qué clases de criaturas pueblan el mundo, cómo se comportan y qué características deberían tener. Como afirma Kuhn, reconociendo su acercamiento a Rorty, el lenguaje no es un espejo neutral que refleja pasivamente una realidad ya estructurada; el léxico constituye la realidad para la comunidad que lo habla, determinando qué puede ser experimentado y qué no. “Decir que el léxico es constitutivo de las creencias acerca del mundo, es decir también que es constitutivo de lo que puede ser experimentado en él." (Kuhn, 2017, p. 100).
La consolidación de este espacio de características léxicas impone una restricción sobre el mundo fenoménico que Kuhn bautizó con el nombre de “principio de no-solapamiento” (no-overlap principle). Según este principio, las categorías taxonómicas que pertenecen a un mismo nivel o conjunto de contraste no pueden compartir miembros a menos que estén relacionadas jerárquicamente como una especie respecto a su género (por ejemplo, todos los perros son mamíferos)[2].
Aplicado al ejemplo de Johnny, el principio de no-solapamiento decreta que en el espacio perceptual estructurado por este léxico no hay lugar para monstruosidades lingüísticas. Hay patos, hay gansos y hay cisnes, pero no existen (ni pueden existir dentro de ese lenguaje) los "patos-gansos", los "cisnes-gansos" o los "patos-cisnes". El niño aprende que el mundo está ordenado de manera que las características naturales se presentan en racimos separados por vacíos insalvables. Kuhn se pregunta, entonces, "¿qué ocurre si se descubre una criatura anómala —que se parece a los patos y a los gansos en igual medida— en alguna isla remota del Pacífico sur?" (2025, p.66). La asimilación de esa anomalía no podría hacerse simplemente "añadiendo" una palabra al diccionario; requeriría la destrucción y reestructuración de todo el espacio de características. Como afirma Kuhn, esa violación o distorsión del lenguaje que redistribuye las clases naturales alterando el principio de no-solapamiento “es la piedra de toque de un cambio revolucionario" (2002c, p.45).
El aprendizaje de Johnny en el parque ilustra a la perfección cómo los científicos adquieren la matriz disciplinar de su especialidad. En lugar de memorizar definiciones formales, los estudiantes asimilan los conceptos fundamentales enfrentándose a "ejemplares" prácticos. Al igual que el niño con las aves, un estudiante de física descubre, mediante la corrección de su profesor, las similitudes ocultas entre fenómenos aparentemente dispares —como una masa que se desliza y un planeta en órbita— para agruparlos bajo generalizaciones simbólicas como la segunda ley de Newton (f=ma). Gracias a esta yuxtaposición, el estudiante reconfigura su espacio de características: aprende a ignorar el ruido experimental, a abstraer las fuerzas relevantes y a idear el formalismo apropiado para resolver nuevos problemas. Para Kuhn, “asimilar soluciones a problemas tales como el del plano inclinado y el del péndulo cónico es parte del aprendizaje de lo que es la física de Newton. Sólo después de haber asimilado unos cuantos de tales problemas, puede un estudiante o un profesional proceder él mismo a identificar otros problemas newtonianos" (1979, p.527).
En la ciencia madura, los conceptos abstractos únicos o singletons (como la masa o la fuerza) se adquieren holísticamente, igual que los términos taxonómicos. El término "masa" no puede aprenderse de forma aislada, sino en simultáneo con "fuerza" y "aceleración", formando un racimo interdependiente. Así como Johnny asimiló las expectativas sobre el cisne mediante la experiencia, el estudiante de física incorpora las propiedades de la masa enfrentándose a casos prácticos. Es así que, según Kuhn, “la ilustración de una serie de soluciones ejemplares de problemas les enseña a ver diferentes situaciones físicas como semejantes entre sí; son vistas, si se quiere, bajo una Gestalt newtoniana. Una vez que los estudiantes han adquirido la habilidad de ver un cierto número de situaciones-problema de este modo pueden escribir ad libitum las formas simbólicas exigidas por otras situaciones semejantes que vayan surgiendo” (Kuhn, 1975, pp.203-204).
Así, el aprendizaje del léxico, mediado por la percepción de similitudes y diferencias en ejemplos yuxtapuestos, es el mecanismo mediante el cual se construyen las familias naturales que pueblan el mundo científico. Los conceptos no son meras abstracciones pasivas que copian la naturaleza tal cual es. El léxico, adquirido a través de una práctica ostensiva y metafórica, impone activamente una estructura taxonómica estricta sobre la experiencia, determinando qué objetos existen, cómo se agrupan y qué comportamientos les están permitidos o prohibidos.
4. La Revolución Científica como "cambio de metáfora" y la reestructuración taxonómica
Habiendo establecido que la adquisición del léxico científico funciona a través de un proceso de aprendizaje análogo a la metáfora, mediante el cual los individuos aprehenden las similitudes y diferencias que estructuran las familias naturales, podemos trasladar este marco conceptual a la dinámica histórica de la ciencia. Para Kuhn, el avance del conocimiento científico no consiste en una acumulación lineal y pacífica de nuevos datos sobre un mundo estático. Por el contrario, la historia de la ciencia revela que las revoluciones científicas implican una transformación radical de las categorías mismas con las que se clasifica la naturaleza. Kuhn sostiene que “las yuxtaposiciones metafóricas que cambian en el momento de una revolución científica son esenciales en el proceso mediante el que se adquiere el lenguaje científico u otro tipo de lenguaje" (2002c, p.44).
En su ensayo ¿Qué son las revoluciones científicas?, Kuhn aísla tres características fundamentales que definen el cambio revolucionario: su naturaleza holista (no pueden hacerse de a poco), el cambio de significado o de la forma en que los términos se conectan con la naturaleza y, por último, un cambio en el modelo o metáfora central, esto es, “un cambio en la noción de qué es semejante a qué, y qué es diferente" (Kuhn, 2002c, p.43). Como sostiene V. Lavorerio (2025), este cambio de metáfora no es un mero adorno retórico, sino una redistribución profunda de las relaciones de similitud y diferencia que dictan qué objetos se parecen a qué otros y, por lo tanto, cómo se divide el mundo. “Así, dos elementos que se parecen mucho antes de una revolución pueden parecer muy diferentes después” (Kuhn, 2025, p.55).
Durante los períodos de ciencia normal, la comunidad científica opera bajo un léxico estable. Este léxico, aprendido a través de ejemplares, divide el mundo en categorías taxonómicas estrictas. Como se analizó previamente, la estructura de este léxico está gobernada por lo que Kuhn denomina en sus últimos escritos como principio de no-solapamiento, el cual decreta que dos categorías taxonómicas pertenecientes al mismo nivel no pueden compartir referentes. La ciencia normal avanza ampliando y articulando estas categorías sin violar sus fronteras. Sin embargo, la investigación científica ocasionalmente arroja descubrimientos que no pueden ser asimilados por la taxonomía vigente. La naturaleza, en su infinita riqueza, presenta a los científicos una anomalía que se comporta exactamente como un "pato-ganso": un fenómeno que parece pertenecer simultáneamente a dos familias naturales que la teoría consideraba disjuntas o mutuamente excluyentes.
Frente a esta crisis, la comunidad científica no puede simplemente añadir una nueva palabra al diccionario manteniendo intacto el resto de su esquema conceptual.
“The addition of terms which violate the no- overlap principle is barred: the discovery of a community of dog-cats […] requires not an addition to but a revision both of the categories exemplified by natural phenomena and of the vocabulary in which those phenomena are described”[3]. (Kuhn, 2022c, p. 181).
La aparición de la anomalía representa una violación directa del lenguaje científico aceptado. Para asimilar el nuevo fenómeno y restaurar la legalidad del principio de no-solapamiento, es necesario destruir las fronteras de las categorías antiguas y trazar un nuevo mapa del mundo. Este reordenamiento exige desplazar a los individuos preexistentes de una familia natural a otra, alterando permanente e inconmensurablemente el conjunto de características que se consideraban esenciales para pertenecer a dicha familia. “Ya que tal redistribución afecta siempre a más de una categoría, y ya que esas categorías se interdefinen, esta clase de alteración es necesariamente holista" (Kuhn, 2002, p. 43). Este quiebre holístico y estructural redunda en un cambio de metáfora que redistribuye los objetos del universo en nuevas cajas categoriales y que, según Kuhn, es esencial a las revoluciones científicas.
Para comprender la magnitud ontológica y semántica de este proceso, resulta indispensable considerar dos de los ejemplos históricos favoritos de Kuhn: la revolución copernicana y la transición de la física aristotélica a la mecánica newtoniana.
El primer caso paradigmático de redistribución taxonómica ocurre en el paso de la astronomía ptolemaica (geocéntrica) a la astronomía copernicana (heliocéntrica). El análisis de Kuhn revela que esta transición exigió un cambio radical en la metáfora central y, con ello, una alteración en la referencia misma de los términos astronómicos fundamentales.
Antes de la revolución copernicana, la Tierra era el centro inmóvil del cosmos y el término “planeta” agrupaba al Sol, la Luna, Marte y Júpiter en una misma red de similitudes, debido a su movimiento errante a través del telón de fondo de las estrellas fijas. Sin embargo, la adopción del modelo heliocéntrico destruyó por completo esta red de semejanzas. El cambio de la metáfora central obligó a reescribir el léxico astronómico y a romper la estructura taxonómica previa. Como resultado de esta redistribución categorial, la Tierra perdió su estatus fijo para convertirse en un planeta, el Sol fue reubicado en la clase de las estrellas, y la Luna fue expulsada de los planetas para pasar a ser un satélite. “Eliminar la Luna y añadir la Tierra a la lista de individuos que podrían ser yuxtapuestos como paradigmas para el término «planeta» cambió la lista de características sobresalientes para determinar los referentes de este término” (Kuhn, 2002, p. 243).
Este episodio demuestra cómo el cambio de teoría es, en el fondo, un cambio de lenguaje y de relaciones de semejanza. El enunciado ptolemaico "los planetas giran alrededor de la Tierra" y el enunciado copernicano "los planetas giran alrededor del Sol" no pueden compararse punto por punto porque la palabra "planeta" no refiere a la misma clase de objetos en ambos sistemas. Si el concepto de planeta de Ptolomeo fuera traducido a la teoría copernicana, “la referencia del concepto de planeta ptolemaico se solaparía parcialmente con el concepto de planeta copernicano, pues en ambas extensiones se encontrarían Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, pero diferirían […] en la Tierra, el Sol y la Luna" (Ginnobili y Barberis, 2025, p. 158). Intentar traducir literalmente la astronomía antigua a la moderna produce un choque insalvable con el principio de no-solapamiento, consolidando una inconmensurabilidad semántica y taxonómica entre ambos mundos.
El segundo ejemplo histórico que describe cómo el cambio de la metáfora central transforma lo que los científicos son capaces de percibir y describir es la transición de la física de Aristóteles a la de Newton. Kuhn se dio cuenta de que Aristóteles no era un mal físico, sino que utilizaba un léxico estructurado por una metáfora interna completamente diferente a la moderna.
En la taxonomía aristotélica, el término "movimiento" no se limitaba al desplazamiento local, sino que englobaba todo tipo de cambio cualitativo. Una piedra que cae, una bellota que crece hasta convertirse en roble y un enfermo que sana pertenecían a la misma familia natural, agrupados por una metáfora interna (Lavorerio, 2025) según la cual en todos los casos estaríamos refiriéndonos a transiciones asimétricas con un punto de inicio, un tiempo transcurrido y un final o lugar natural. "Así, la educación de un aristotélico asocia el vuelo de una flecha con una piedra que cae, y ambos con el crecimiento de un roble y la recuperación de la salud. Todos son cambios de estado; sus puntos finales y el tiempo transcurrido en la transición son sus características más sobresalientes" (Kuhn, 2002c, p. 44). En este marco, la posición era una cualidad del objeto en cuestión que se modifica con el movimiento del mismo. Dado que todo movimiento era un proceso dirigido hacia una realización ontológica, el concepto de un movimiento infinito sin punto de llegada resultaba una imposibilidad lógica, una suerte de monstruosidad lingüística dentro del léxico griego.
La revolución científica consistió en la aniquilación de esta metáfora estructurante. Para fundar la mecánica moderna, Newton debió escindir el movimiento local de los cambios biológicos y cualitativos. A partir de entonces, el crecimiento del roble y la sanación del enfermo dejaron de ser "movimientos". Kuhn explica que “para Aristóteles el movimiento local (movimiento tout court en el sentido de Newton) es un cambio-de-cualidad o cambio-de-estado, en lugar de ser un estado como lo es para Newton" (2002c, p.29). En el nuevo léxico, el movimiento rectilíneo uniforme dejó de ser un "cambio de estado" para convertirse en un "estado" inercial en sí mismo, equiparable al reposo y capaz de perdurar salvo que actúe una fuerza externa. Al redefinir el movimiento de esta forma, la metáfora orgánica del roble quedó destruida, provocando un desplazamiento léxico que reescribió la ontología e hizo otro recorte del mundo[4], formando un nuevo espacio de características donde las antiguas verdades aristotélicas ya no eran falsas, sino directamente inefables[5].
Así pues, la aplicación del análisis taxonómico a la historia de la ciencia demuestra que las revoluciones científicas operan intrínsecamente como un cambio de metáfora. Lejos de ser un proceso de adición acumulativa, el progreso científico exige la vulneración y reestructuración del léxico preexistente. Al alterar las redes de similitudes y diferencias, las revoluciones redistribuyen a los individuos en nuevas categorías, rompiendo el principio de no-solapamiento de la taxonomía antigua. El cambio de la metáfora central garantiza que el científico, tras la revolución, habite y trabaje en un mundo taxonómicamente inasimilable al de sus predecesores. Es precisamente esta fractura léxica lo que define a la inconmensurabilidad.
Cuando se aplica al vocabulario conceptual que se da en una teoría científica y en su entorno, el término «inconmensurabilidad» funciona metafóricamente. La frase «sin medida común» se convierte en «sin lenguaje común». Afirmar que dos teorías son inconmensurables significa afirmar que no hay ningún lenguaje, neutral o de cualquier otro tipo, al que ambas teorías, concebidas como conjuntos de enunciados, puedan traducirse sin resto o pérdida (Kuhn, 2002a, p. 50).
5. Consecuencias para las ideas de verdad y progreso
A lo largo de las secciones anteriores se ha mostrado cómo Kuhn eleva la metáfora a la categoría de elemento constitutivo del conocimiento científico, siendo el motor que funda las taxonomías y agrupa a los individuos en familias naturales mediante el aprendizaje de parecidos de familia. No obstante, como bien señala V. Lavorerio en su ensayo Metáfora y revolución (2025), Kuhn utiliza la noción de metáfora de un modo no convencional, estirando sus límites hasta el punto de que, paradójicamente, termina usando la palabra "metáfora" de forma metafórica. Cuando Kuhn explica el aprendizaje ostensivo del léxico yuxtaponiendo ejemplos paradigmáticos (como el caso de Johnny aprendiendo a distinguir cisnes, gansos y patos, o el aprendiz que capta el concepto de "juego" yuxtaponeniendo el tenis y el fútbol), está describiendo un proceso de creación de clases que no constituye una metáfora en el sentido literario o lingüístico estricto. El mismo Kuhn reconoce que “yuxtaponer un partido de tenis con una partida de ajedrez puede formar parte de lo que se requiere para establecer los referentes de «juego», pero los dos no están metafóricamente relacionados, en ningún sentido usual” (2002b, p.239).
Para subsanar esta debilidad terminológica sin perder la potencia explicativa de la teoría de Kuhn, Lavorerio sugiere sustituir el concepto de metáfora por una noción proveniente del segundo Wittgenstein: la idea de "figura" (Bild). A diferencia de una simple metáfora, una figura wittgensteiniana “implica concebir un determinado dominio importando, selectiva y parcialmente, la estructura de otro” (Lavorerio, 2025, p. 102).
Pensar las revoluciones científicas como un "cambio de figura" clarifica su profunda reestructuración ontológica. Tomando un ejemplo de Kuhn (2017) respecto a la física aristotélica, la materia opera en ella bajo la figura de una «esponja» en tanto sustrato neutro que adquiere identidad al impregnarse de diversas cualidades. Como señala Lavorerio (2025), usar esta figura no significa que los aristotélicos creyeran literalmente que la materia era porosa, sino que modelaban de forma analógica la relación entre la materia y sus propiedades estructurales. “Esta conceptualización más bien refiere a que la materia se relaciona con las cualidades como una esponja se relaciona con un líquido” (Lavorerio, 2025, p.102). Lo mismo ocurre con la concepción mecanicista del universo bajo la figura de un reloj. Estas matrices determinan qué preguntas son legítimas y qué fenómenos resultarán anómalos dentro de una disciplina. En el fondo, toda revolución científica consiste en el colapso de una de estas metáforas centrales (entendidas ahora como figuras) y su reemplazo por otra.
La adopción de una u otra figura (es decir, de un léxico o taxonomía particular) tiene grandes consecuencias epistemológicas para la concepción tradicional de la ciencia. Si el acceso que tienen los científicos al mundo está siempre e inevitablemente mediado por las estructuras de su léxico, entonces “debemos aprender a manejarnos sin algo que se parezca en absoluto a la teoría de la verdad como correspondencia” (Kuhn, 2002d, p.123). Kuhn asume aquí lo que él mismo denominó un "kantismo posdarwiniano".
"Ya habrá quedado claro que la posición que estoy desarrollando es una especie de kantismo posdarwiniano. Como las categorías kantianas, el léxico proporciona las condiciones previas de las experiencias posibles. Pero las categorías léxicas, a diferencia de sus antepasadas kantianas, pueden cambiar y lo hacen, tanto con el tiempo como con el paso de una comunidad a otra" (2002d, p. 129).
Al desaparecer el punto “arquimediano” neutral desde el cual juzgar a las teorías, el concepto de verdad se reconvierte. Para Kuhn, la verdad es un concepto estrictamente intraléxico. La evaluación del valor de verdad de cualquier enunciado descriptivo individual debe “ser conducida dentro del léxico utilizado para formular el enunciado. Desde afuera, uno no puede decir qué es lo que hay que evaluar, ni qué afirma el enunciado" (Kuhn, 2017, p. 138). Es el mundo recortado por el léxico el que hace que dichos enunciados sean verdaderos o falsos, pero siempre asumiendo como dadas las reglas de la taxonomía vigente. Sin embargo, cuando se comparan dos léxicos diferentes entre sí tras una revolución, términos evaluativos absolutos como "verdadero" y "falso" simplemente dejan de ser aplicables, puesto que los léxicos en sí mismos no pueden ser ni verdaderos ni falsos.
Es en este punto donde se pueden trazar algunos paralelismos con el pensamiento europeo contemporáneo, yendo más allá de los filósofos de la ciencia. Por un lado, resuena aquí, aunque en otro sentido, la advertencia de Friedrich Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873). La verdad científica no refleja la naturaleza sino que es más bien "una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente" y que, tras un uso prolongado, se vuelven "firmes, canónicas y vinculantes" (Nietzsche, 1992, p. 25). Esto es lo que sucede en el periodo de ciencia normal, donde la metáfora se estabiliza, haciendo que la comunidad científica olvide su origen ilusorio, analógico y creador.
Por otro lado, la estructuración intraléxica de la verdad opera bajo los mismos mecanismos de control que Michel Foucault describió en El orden del discurso (1970). Para Foucault, la disciplina es un principio de control y delimitación de la producción del discurso. De forma idéntica a la matriz disciplinar kuhniana, una disciplina exige a sus practicantes situarse en un horizonte teórico específico y utilizar modelos y métodos sancionados. Como asevera Foucault en una frase que podría servir para explicar el principio de no-solapamiento de Kuhn: "En el interior de sus límites, cada disciplina reconoce proposiciones verdaderas y falsas; pero rechaza, al otro lado de sus márgenes, toda teratología del saber" (Foucault, 1992, p. 20). Lo que desde cierta visión es una verdad comprobable, para el paradigma vigente puede ser una monstruosidad ininteligible (una teratología taxonómica) que ni siquiera califica para ser evaluada como falsa, ya que carece de sentido dentro de esa particular estructuración del mundo.
Foucault ilustra esto mostrando cómo las disciplinas determinan qué metáforas quedan adentro y cuáles quedan afuera. En la medicina del siglo XIX, por ejemplo, una proposición caía fuera de la medicina si empleaba antiguas metáforas sustanciales (como "líquidos recalentados" o "sólidos desecados"); para estar en la verdad, debía recurrir a nociones metafóricas construidas bajo el nuevo modelo funcional (como "la irritación" o "la inflamación de los tejidos") (Foucault, 1992, p. 20). Es el choque de una metáfora contra otra lo que define el límite de lo pensable. El caso paradigmático de esta exclusión es Gregor Mendel, cuyos descubrimientos sobre los rasgos hereditarios no fueron rechazados por ser lógicamente falsos, sino porque "hablaba de objetos, empleaba métodos, se situaba en un horizonte teórico, que eran extraños para la biología de la época" (Foucault, 1992, p. 21). El nuevo objeto de Mendel requería nuevos instrumentos conceptuales que rompían la taxonomía vigente. Así, aunque Mendel decía la verdad, "no estaba «en la verdad» del discurso biológico de su época" (Foucault, 1992, p. 21); era un "monstruo verdadero" del que la ciencia normal simplemente no podía hablar.
Si la noción de verdad absoluta, independiente del léxico, es una quimera inalcanzable (una metáfora olvidada), cabe preguntarse si el modelo kuhniano garantiza algún tipo de progreso científico o si condena a la ciencia al puro relativismo. Kuhn se defendía de sus acusadores sosteniendo que hay un sentido en que la ciencia avanza de forma unidireccional e irreversible. Para él, “las teorías científicas posteriores son mejores que las anteriores para resolver rompecabezas en los medios a menudo muy distintos en los que se aplican” (Kuhn, 2013, p.391). Pero, dicho esto, considera que se debe abandonar la teleología, adoptando en su lugar la metáfora de la biología evolutiva darwiniana[6].
"¿Acaso sirve de algo imaginar que existe una descripción plena, objetiva y verdadera de la naturaleza y que la medida adecuada de una realización científica es hasta qué punto nos aproxima a dicho fin último? Si logramos acostumbramos a sustituir la evolución-hacia-lo-que-queremos-conocer por la evolución-a-partir-de-lo-que-conocemos, se desvanecerán en el proceso un cierto número de problemas embarazosos" (Kuhn, 2013, p. 340).
Para Kuhn, concebir el progreso científico como un proceso atraído hacia adelante por una meta fija (el conocimiento perfecto y verdadero de la naturaleza) constituye un error. El autor nos exige pensar el desarrollo científico como un proceso empujado desde atrás, avanzando progresivamente desde estadios primitivos de conocimiento, pero sin dirigirse hacia meta alguna (Kuhn, 2013).
En la ciencia, la evolución funciona exactamente igual que la evolución de las especies en su adaptación a nichos ecológicos. Así como una mutación biológica aísla a una población reproductivamente generando una nueva especie, los cambios de léxico (las revoluciones y las inconmensurabilidades semánticas resultantes) actúan como un "mecanismo de aislamiento". Para Kuhn, en la ciencia, la especiación se traduce en especialización.
"El paralelo biológico del cambio revolucionario no es la mutación […], sino la especiación. Y los problemas planteados por la especiación [...] son muy similares a los planteados por el cambio revolucionario y por la emergencia e individualización de nuevas especialidades científicas" (Kuhn, 2002d, p. 122).
Cuando ocurre un quiebre en la metáfora central o figura de una teoría, el nuevo grupo de científicos adopta un léxico distinto que le impide comunicarse fluidamente con los practicantes de otras ramas. Esta divergencia taxonómica, lejos de ser un fracaso de la racionalidad, es la condición de posibilidad del progreso. Al especializarse y aislarse en un léxico muy específico, los científicos adquieren la capacidad de resolver rompecabezas técnicos con un nivel de profundidad, precisión instrumental y detalle que una ciencia unificada y homogénea jamás podría alcanzar. La especialización es, así, “el precio que hay que pagar por las herramientas cognitivas cada vez más potentes" (Kuhn, 2002d, p. 122).
De esta forma, la apropiación y rectificación del concepto de metáfora permite a Kuhn desmantelar la correspondencia ontológica de la verdad, reemplazándola por una justificación pragmática e intra-léxica. La ciencia no progresa porque descubra las "costuras de la naturaleza"; de hecho, el autor rechaza este realismo metafísico afirmando que "el mundo de Boyd con sus costuras me parece, como «las cosas en sí mismas» de Kant, incognoscible por principio" (Kuhn, 2002b, p. 245). Sino que, por el contrario, su constante mutación de figuras y taxonomías le permite ramificarse, especializándose infinitamente como un árbol evolutivo para ganar eficacia instrumental, sin que esto signifique un progreso en lo que concierne a la ontología.
6. Conclusión
El recorrido trazado ha permitido confirmar que en el andamiaje filosófico del Thomas Kuhn de madurez, la metáfora abandona definitivamente su estatus histórico de mero adorno retórico o herramienta pedagógica. En cambio, el proceso metafórico se revela como un elemento lógicamente constitutivo de las teorías científicas. Ha quedado establecido que, para Kuhn, el lenguaje no es un espejo neutral que refleja la naturaleza, sino el instrumento activo que funda la realidad fenoménica a la que el científico tiene acceso.
El núcleo de esta visión reside en la íntima conexión entre la asimilación del léxico y la construcción del mundo. A través del análisis del aprendizaje ostensivo, ilustrado en el ejemplo de Johnny en el parque, constatamos que los conceptos científicos no se asimilan mediante listas cerradas de condiciones necesarias y suficientes, sino mediante la yuxtaposición de ejemplares. Este mecanismo cognitivo, análogo a la metáfora (o a la "figura" wittgensteiniana), es el responsable de trazar las redes de similitud y diferencia que agrupan a los objetos en "familias naturales". Estas cajas taxonómicas obedecen al principio de no-solapamiento, estructurando de manera rígida la experiencia de la comunidad.
Así, un punto de interés del enfoque kuhniano radica en reinterpretar las revoluciones de la historia de la ciencia no como simples adiciones de nuevos datos empíricos, sino como auténticos cambios de metáfora central. Cuando Copérnico redistribuyó los astros en el cielo o cuando Newton rompió con la concepción del movimiento aristotélico, lo que se produjo fue una ruptura y reescritura del espacio de características previo. La inconmensurabilidad, por tanto, no es un fracaso de la racionalidad metodológica, sino el choque inevitable entre dos taxonomías estructuradas por metáforas incompatibles.
Asimismo, hemos explorado cómo esta concepción del lenguaje impacta de lleno en la ontología y en la noción misma de avance científico. Al demostrar que el científico solo puede formular enunciados verdaderos o falsos presuponiendo las reglas de su propia matriz disciplinar (una verdad intraléxica), Kuhn se enfrenta a la ilusión de una verdad absoluta ligada a un "mundo en sí". En este punto, su filosofía converge en cierta forma con algunas intuiciones del pensamiento contemporáneo, validando parcialmente la advertencia de Nietzsche sobre el origen metafórico de la verdad y las reflexiones de Foucault sobre los estrictos límites del orden del discurso disciplinar. Sin embargo, Kuhn logra salvar a la ciencia del relativismo paralizante apelando al modelo evolutivo darwiniano. Si el léxico científico es una herramienta adaptativa, el progreso no consiste en acercarse a una meta teleológica final, sino en la especiación, es decir, una proliferación de disciplinas cada vez más especializadas que resuelven enigmas con una precisión instrumental cada vez más eficiente.
En última instancia, la obra del Kuhn tardío nos deja una imagen de la ciencia despojada de sus pretensiones de correspondencia absoluta. Entender las revoluciones como cambios de metáfora implica reconocer que el conocimiento científico es una construcción donde el lenguaje recorta y da forma a la realidad. Lejos de hundirnos en un relativismo estéril, esta perspectiva nos revela que la empresa científica tiene una capacidad inagotable para reinventar sus propias metáforas, ramificándose en un árbol evolutivo capaz de resolver enigmas con una eficacia cada vez mayor.
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[1] “Indeed all science is dependent upon metaphor though normally the metaphor is implicit and unrecognized” (Kuhn, 2021, p.80)
[2] “For taxonomic kinds the no-overlap principle requires that the kinds within a single contrast set be entirely disjoint, share no members” (Kuhn, 2022c, p.179).
[3] "La adición de términos que violan el principio de no-solapamiento está prohibida: el descubrimiento de una comunidad de perros-gatos [...] requiere no una adición, sino una revisión tanto de las categorías ejemplificadas por los fenómenos naturales como del vocabulario en el que esos fenómenos se describen"
[4] “These semantic alterations are just some of the many closely related respects in which the Newtonian vocabulary cuts up the world differently from the Aristotelian. And it is only within the new taxonomy which that vocabulary provided that the conception of inertial motion could arise. For an Aristotelian, the concept of an enduring linear motion, because it lacked end points, was a contradic-tion in terms” (Kuhn, 2022b, p.17).
[5] “But that outcome was not falsification of the Aristotelian statement. Instead certain key terms used in making and discussing that statement lost their meaning. And there was no way, using the terms that replaced them, to restate what it was the Aristotelians had in mind" (Kuhn, 2022a, p.77)
[6] Es interesante notar que el propio Darwin era consciente del carácter figurado de sus conceptos centrales y defendió su legitimidad en la ciencia. Como señala Labrador Montero, Darwin consideró a la metáfora como un "componente indispensable de su investigación" (Labrador Montero, 2025, p. 390). Por ejemplo, cuando se le sugirió abandonar la expresión "selección natural" para evitar malentendidos antropomórficos, Darwin se negó a descartarla, argumentando que, aunque en un sentido literal se trataba de un término falso, la ciencia necesitaba recurrir a las metáforas por brevedad, comparando su uso con la "atracción de la gravedad" de los físicos. Del mismo modo, el propio Darwin reconoció utilizar el concepto de "lucha por la existencia" en un "sentido amplio y metafórico" y "por conveniencia" (Labrador-Montero, 2025, p. 376), ya que le permitía aglutinar múltiples relaciones ecológicas en una sola expresión. Por otra parte, las metáforas elegidas pueden haber sido también cruciales para el éxito de su teoría.
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