DE LA ACTITUD NATURAL AL YO TRASCENDENTAL
- Gabriel Herrera
- 16 jun 2022
- 13 Min. de lectura
Una lectura de Husserl desde la crítica sartreana a la escisión del Yo y su introducción en la conciencia
Introducción
En el parágrafo 15 de Meditaciones Cartesianas, Husserl lleva a cabo una escisión del yo que se da en tres aspectos: el natural, el reflexivo y el trascendental. En este trabajo se buscará mostrar, en primer lugar, cómo Husserl, en su elaboración de una fenomenología trascendental, llega a esta escisión al salir de la actitud natural mediante la aparición de un yo reflexionante que ejerce la epoché sobre la tesis de la actitud natural que pone al mundo como independiente de nuestra conciencia. Será la reflexión del “espectador desinteresado” el que hará posible el develamiento del yo trascendental. Para mostrar este razonamiento, haremos un primer recorrido por el derrotero que lo llevará a esta resolución.
Así, llegaremos a esta escisión del yo y veremos cómo, para Husserl, el Yo natural es siempre este Yo trascendental al que accedo mediante reducción fenomenológica. Asimismo, se verá en detalle en qué consiste esta reflexión que hace posible este descubrimiento, así como también la alteración que la misma produce sobre nuestras vivencias.
En un segundo momento, se repasará la crítica sartreana a las ideas de Husserl haciendo especial énfasis en la cuestión del Yo trascendental que Sartre considera perjudicial e innecesario para el campo de la fenomenología. Presentada esta crítica más general, se buscará contraponer la idea sartreana de una unicidad del Ego con dos fases que haría innecesaria la tripartición husserliana del Yo y la irrupción distorsiva y dañina del mismo en la conciencia como constituyente mediante un acto reflexivo que, para Sartre, sólo es posible en tanto hay una conciencia irreflexiva e impersonal que la antecede ontológicamente.
Hecho este análisis, procederemos a señalar los problemas que presenta una salida forzada de la actitud natural hacia una reflexión mediada por la epoché y la escisión del Yo que esta conlleva. Recalcando con Sartre su carácter milagroso e intelectual que lleva a una relación mágica, perjudicial e innecesaria entre la conciencia y el Ego.
Husserl: desde la actitud natural a la escisión del yo
En las Meditaciones cartesianas, Husserl lleva a cabo una fenomenología en sentido trascendental, donde el Ego pasa a ser una categoría central dentro del análisis. Este Ego surge de un impulso filosófico trascendental que Descartes supo descubrir sin llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Husserl retoma todo lo que considera valioso de la empresa cartesiana y cumple, desde su visión, con sus potencialidades más radicales. Así, el método de la duda será ahora reemplazado por la epoché y la reducción fenomenológica, mediante los cuales, para el autor, se podrá ver una verdadera renuncia a cualquier supuesto o prejuicio, una salida al objetivismo ingenuo y un redireccionamiento de la atención hacia nosotros mismos que dará lugar al comienzo de una verdadera actitud filosófica. Para Husserl (2004), “la filosofía requiere una crítica universal y absoluta, que a su vez tiene que empezar por crearse un universo de absoluta exención de prejuicios, absteniéndose de tomar toda posición que dé de antemano la existencia de cualquier realidad” (p.78). La base de esta crítica se encontrará en la esfera egológica del ser. De esta forma, la filosofía se refunda y empieza nuevamente como fenomenología trascendental.
El Yo deviene en Husserl el punto de partida indubitable, la evidencia apodíctica que el mundo nunca podría ser. En este sentido hay un solipsismo metodológico que busca desplazarse desde la inmanencia, en la cual puedo encontrar los principios apodícticos buscados, hacia la trascendencia en el mundo. Sin embargo, no hay que ver en el Yo husserliano, ese Yo sustancializado de Descartes que lleva a un dualismo y al contrasentido de un realismo trascendental que complejiza la explicación de nuestra relación con el mundo, relación que Husserl explicará en términos de la intencionalidad de la conciencia, la cual rompe con la disociación entre la misma y un mundo que sería independiente de ella.
La tesis de que el mundo es independiente de nosotros corresponde a una actitud natural, que Husserl no niega, pero que desconecta o “pone entre paréntesis” mediante la epoché. “La tesis sigue existiendo […] la tesis es vivencia, pero no hacemos de ella “ningún uso” (Husserl, 2013, p.142). Así dirá Husserl que el mundo experimentado sigue siendo el mismo de antes sólo que ahora “ya no concedo validez a la creencia natural en la realidad que es inherente a la experiencia del mundo, a pesar de lo cual esta creencia sigue estando ahí y es aprehendida por la mirada de la atención” (Husserl, 2004, p.60).
Entonces, el mundo no es negado sino inmanentizado, como contenido intencional de mis actos de conciencia, en tanto es tal y cual se me presenta a mí. De esta manera, el ego trascendental (puro y concreto) deviene el fundamento de nuestro acceso al mundo. La epoché es, pues, “el método radical y universal por medio del cual me aprehendo como un yo puro, con la vida de conciencia pura que me es propia, en la cual y por medio de la cual el mundo objetivo entero es para mí, y es precisamente tal como es para mí” (Husserl, 2004, p.61).
Este Yo trascendental ya está presente, para el autor, desde el Yo natural, pero sólo se descubre tras la aplicación de la epoché y la reducción fenomenológica. El Yo natural es aquel que se interesa por el mundo en tanto “está ahí”, con una existencia independiente de nosotros y de nuestra conciencia de él, y al cual pertenecemos:
En la reflexión natural […] nos hallamos en el terreno del mundo dado como real […] En la reflexión fenomenológico-trascendental salimos de este terreno por medio de la universal epoché practicada respecto de la existencia o no existencia del mundo (Husserl, 2004, p.76)
Es decir, que al aplicar la reflexión, que mediante la epoché pone entre paréntesis esta tesis de la actitud natural sobre el mundo, Husserl introduce a un Yo reflexionante o fenomenológico que actúa como un “espectador desinteresado” de sí mismo y de toda objetividad, cuyo interés deja de estar anclado al mundo, nos permite la reducción y nos lleva a descubrir el Yo trascendental, quien le otorga sentido y validez al mundo en tanto cogitatum de sus cogitationes, en tanto correlato de sus actos, de sus vivencias, tanto actuales como potenciales. Así dejo de ser un trozo del mundo y el mundo objetivo obtiene su sentido de mí mismo “en cuanto soy el yo trascendental, el yo que surge únicamente con la epoché fenomenológico-trascendental” (Husserl, 2004, p.67). Aquí es donde se encuentra la apodicticidad de la que carece el mundo, que siempre se me da por escorzos.
Retomando, estamos, entonces, ante una escisión tripartita del yo. Como dice el mismo Husserl, “la actividad fenomenológicamente modificada […] consiste en que se lleva a cabo una escisión del yo, en que sobre el yo ingenuamente interesado se instala el yo fenomenológico como espectador desinteresado” (Husserl, 2004, p.77). Sin embargo, se podría considerar que son todos aspectos o funciones de un mismo yo, que no hay una estratificación en sentido estricto, sino que el yo natural ya es el mismo yo trascendental que se revela como constituyente del mundo desde el comienzo, sólo que permanece velado hasta tanto no se lleve adelante la reducción fenomenológica a la que accedo mediante reflexión. “Yo sé, a partir de mis estudios fenomenológicos, que yo, el Yo que ha sido ingenuamente, no era sino el yo trascendental en el modo del cerramiento ingenuo” (Husserl, 2008, p.250). Mas adelante, mediante la crítica sartreana, se verán los problemas que esta consideración puede acarrear.
La reflexión es un acto de conciencia cuyo cogitatum es otro acto de conciencia, y no entidades del mundo intuidas directamente. Mediante la reflexión trascendental, el yo reflexionante procura apropiarse de sus vivencias sin que haya por debajo ningún presupuesto, a diferencia de como se procede en la reflexión natural, la cual está inmersa en prejuicios que le imposibilitan tomar una actitud verdaderamente filosófica. El objeto de la reflexión trascendental no es ya el objeto mismo que percibo, sino mi propio acto de percibir. Por lo tanto, su aparición siempre es tardía con respecto a un acto ya dado, pero eso no implica, para Husserl, la pérdida de su originalidad en tanto su descripción está revestida de una universalidad sin supuestos.
En la actitud natural, yo tengo una vivencia ingenua y directa del mundo que la reflexión altera sin ser una mera repetición de ella. Así, “la tarea de la reflexión no es repetir la vivencia primitiva, sino contemplarla y exponer lo que se encuentra en ella” (Husserl, 2004, p.77). La reflexión distorsiona la vivencia primitiva, se podría decir que la “des-vivencia”, creando una nueva vivencia reflexiva sobre lo vivenciado primariamente. La reflexión “altera esencialmente la anterior vivencia ingenua, haciéndola perder el modo primitivo de “directa”, precisamente por hacer objeto suyo lo que antes era vivencia, y no nada objetivo” (Husserl, 2004, p.77). Con la reflexión trascendental, me convierto en mi propio objeto y hago posible una descripción de la inmanencia de mi vida consciente y de mis actos en un sentido noético-noemático. Así, accedemos a un nuevo mundo, aquel que es percibido, sentido, vivenciado sin perder nada por pasar de una percepción directa a una reflexión del yo como experiencia de la percepción. Husserl dirá, entonces, que “con la epoché universalmente practicada respecto de la existencia e inexistencia del mundo, no hemos perdido éste para la fenomenología: lo conservamos que cogitatum” (Husserl, 2004, p.79).
Sartre y la unicidad de un Ego trascendente
Sartre toma las ideas fenomenológicas de Husserl para volverlas contra él mismo, ya que considera que, a partir de Ideas I, ha traicionado y descarrilado a su fenomenología con la introducción de un Yo trascendental con un carácter constituyente que no estaba en el Husserl de Investigaciones Lógicas, derivando de esta forma en un idealismo trascendental que convierte una cuestión de derecho (el ego) en una cuestión de hecho y que, en el fondo, cae en un error similar a aquel del cual era acusado Descartes. El Yo es una idea que expresará, para Sartre, algo que va más allá de lo que conocemos (como cualquier otredad), y por esta razón cae su apodicticidad.
Entonces, en La trascendencia del Ego, Sartre buscará expulsar al Yo de la conciencia, donde no está ni material ni formalmente, para arrojarlo al mundo al cual verdaderamente pertenece. Esto lo lleva a cabo mediante un vaciamiento de la conciencia, la cual, en tanto intencional, es siempre conciencia de algo y, por ello, no tiene contenido. De esta forma, “la trascendencia es estructura constitutiva de la conciencia; es decir, que la conciencia nace conducida sobre un ser que no es ella misma” (Sartre, 2008, p.31). Contra Husserl, el filósofo francés despoja al Yo de todo carácter constituyente, reduce su aparición “al nivel de la humanidad” (Sartre, 1968, p.17) y lo degrada a la condición de efecto de la conciencia. La crítica parte del hecho de que Husserl duplica al Yo psicofísico en un Yo trascendental. En este sentido, Sartre afirma que Husserl “ha mostrado a la conciencia trascendental constituyendo el mundo y aprisionándose en la conciencia empírica; estamos persuadidos, como él, de que nuestro yo psíquico y psicofísico es un objeto trascendente que debe caer bajo el golpe de la epojé”, pero luego se pregunta: “¿no es suficiente con el yo psíquico y el yo psicofísico? ¿Es necesario que se lo duplique en un Yo trascendental, estructura de la conciencia absoluta?” (Sartre, 1968, p.17). La respuesta de Sartre a esta pregunta será negativa.
Para Sartre, este Yo “unificante e individualizante” no sólo es innecesario, sino que es también dañino. “El objeto es trascendente a las conciencias que lo apresan y es en él que se encuentra su unidad” (Sartre, 1968, p.19). Esto es así porque el concepto de intencionalidad de la conciencia propio de la fenomenología es todo lo que se requiere para explicar la unidad de la conciencia, ésta se encuentra en ella misma y en la trascendencia (no la inmanencia) del objeto al que intenciona. “Por la intencionalidad ella (la conciencia) se trasciende a sí misma, se unifica escapándose” (Sartre, 1968, p.18). Como consecuencia, el papel de un Yo se vuelve fútil y cualquier intento de convertirlo en un Yo trascendental es nocivo y afecta directamente a la conciencia (verdaderamente impersonal) opacando su lucidez y truncando su espontaneidad, así como afecta también a su existencia como conciencia de sí “en tanto que es conciencia de un objeto trascendente” (Sartre, 1968, p.20). El Yo es, para Sartre, un existente relativo que cae, al igual que el mundo, en esta categoría de objeto que es, no en la conciencia, ya que no podría pertenecer a la intimidad de la misma, sino para la conciencia. “Es la conciencia […] la que hace posible la unidad y la personalidad de mi Yo. El Yo trascendental no tiene, pues, razón de ser”. De esta manera, decreta: “El yo trascendental es la muerte de la conciencia” (Sartre, 1968, p.20).
Ahora bien, tomando en cuenta esta crítica sartreana hacia el giro trascendental de la fenomenología de Husserl, podemos centrarnos en la cuestión de la reflexión y la escisión del yo. La escisión tripartita del Yo que Husserl lleva adelante al introducir una operación de segundo grado (la conciencia dirigida sobre la conciencia) como lo es la reflexión, supone para Sartre un problema en el que no se avizora una solución, “puesto que no es admisible que una comunicación se establezca entre el Yo reflexivo y el Yo reflejo, si son elementos reales de la conciencia, ni sobre todo que se identifiquen finalmente en un Yo único” (Sartre, 1968, p.30). Es decir, el planteo husserliano que escinde el Yo y a la vez aclara que el Yo natural es siempre un Yo trascendental es, siguiendo esta visión, contradictoria e irreconciliable. El Yo no es más que un objeto trascendente del acto reflexivo que no puede estar al nivel de la conciencia irreflexiva (condición de posibilidad de la reflexión) ni del objeto de la misma conciencia. Remarcando la impersonalidad de la conciencia, Sartre concluye:
El Yo trascendente debe caer bajo el golpe de la reducción fenomenológica. El Cogito afirma demasiado. El contenido cierto del pseudo Cogito no es “yo tengo conciencia de esta silla”, sino “hay conciencia de esta silla”. Ese contenido es suficiente para constituir un campo infinito y absoluto para las búsquedas de la fenomenología (Sartre, 1968, p.31).
Sartre propone, entonces, un único Ego trascendente con dos fases: una activa (Je), que identifica con una síntesis trascendente de las acciones; y una pasiva (Moi), referente a una unidad trascendente de estados y cualidades. Ambas fases pueden hallar su pretendida unidad en el Ego. El Yo es siempre un efecto de la reflexión (que le da nacimiento a través de la conciencia reflexionada) y no de la conciencia en su espontaneidad, no tiene un carácter originario ni trascendental y se da de la misma manera que los objetos, de manera dudosa y no de manera apodíctica y, por lo tanto, es pasible de caer también bajo el golpe de la epoché.
Sartre dirá que el Yo se da como falso cuando lo identificamos con la conciencia a través de una reflexión “impura y cómplice” que, como dirá en El ser y la nada, capta lo reflejado como siendo en-sí. “La reflexión impura es un esfuerzo abortado del para-sí, para ser otro permaneciendo sí mismo” (Sartre, 2008, p.235). Siguiendo esta línea, expresa, contra Husserl, que “si el Yo es una estructura necesaria de la conciencia, ese Yo opaco queda elevado al mismo tiempo al rango de absoluto. Y he aquí que estaríamos en presencia de una mónada” (Sartre, 1968, p.22).
Asimismo, la conciencia no precisa de una reflexión para ser conciencia (de) sí, ya que ella siempre lo es de manera no-posicional e irreflexiva, es decir, sin tomarse a ella misma como objeto. La reflexión “envenena” a una vida espontánea que está a su base y produce un “vínculo mágico” entre la conciencia y el Ego, presentando un aspecto pasivo como siendo espontáneo, convirtiendo, por ejemplo, a los estados en productores de las vivencias, cuando Sartre considera que sucede lo contrario, “lo que es primero, realmente, son las conciencias a través de las cuales se constituyen los estados, y después, a través de éstos el Ego” (Sartre, 1968, p.66).
El Yo (Moi) aparece engañosamente como un falso representante de la conciencia y la llena de contenido enmascarando su espontaneidad, opacando su translucidez, separando al ser de la apariencia. El Yo (Moi) se presenta como si no fuera un habitante del mundo, cuando en realidad es siempre un Yo arrojado al mundo. El Yo (Moi) es siempre un Yo (Je) que ha pasado por un proceso reflexivo que es distorsivo (en todos los sentidos señalados anteriormente) justamente por esta introducción de un Yo que no estaba en la conciencia irreflexiva, donde el Yo está nihilizado. En palabras de Sartre (1968), “Husserl es el primero en reconocer que un pensamiento irreflexivo soporta una modificación radical al convertirse en reflexivo. ¿Pero es necesario limitar esta modificación a una pérdida de ingenuidad? ¿Lo esencial del cambio no será la aparición del yo?” (p.25). Es justamente esta irrupción del Ego (que no podría hallarse en una conciencia irreflexiva) la que, en definitiva, modifica la vivencia sobre la cual es dirigida la mirada reflexiva y afecta directamente a la no-posicionalidad de sí de la conciencia. Quizás el olvido del Yo propio de la actitud natural descripta por Husserl no es tal, ya que, en realidad, allí nunca hubo un Yo.
Conclusión
No hay, entonces, necesidad de escindir al Yo. No hay motivos para introducirlo en la conciencia ni ponerlo por detrás de ella. El Yo es para la conciencia como cualquier objeto mundano y aparece ante ella por un procedimiento reflexivo, que cuando es impuro se torna distorsivo y contamina a la conciencia, corriéndola de su lugar para ubicar un Ego que mata su espontaneidad y su inherente impersonalidad.
Por otra parte, el pasaje que lleva adelante Husserl desde el Yo natural al Yo reflexionante de la epoché parece algo arbitrario, y el mecanismo por el cual el mismo se da no está claramente demarcado en el pensamiento husserliano. No es suficiente con postular un supuesto encubrimiento de la actitud trascendental en la actitud natural o con insertar esta transformación en el ámbito de una libertad plena. Parece difícil llevar a cabo una filosofía carente de supuestos desde el momento en que el Yo natural está siempre ahí, como punto de partida inherente a nuestra existencia misma y a la base de cualquier justificación y ejecución de una posterior reflexión y la consecuente escisión que devele al Yo trascendental escondido.
En este sentido, el punto de partida no deja de ser nuestro “ser-en-el-mundo” y la reflexión, en cuanto tal, un mecanismo forzado e intrincado propio del fenomenólogo que busca salir de la actitud natural como es ella fácticamente mediante una ruptura que da paso a una innecesaria escisión del Yo. Como señala el parágrafo 27 de Ideas: “Empezamos nuestras consideraciones como hombres de la vida natural, representándonos, juzgando, sintiendo, queriendo `en actitud natural´” (Husserl, 2013, p.135). Podría surgir la siguiente pregunta: ¿En qué momento y cómo rompemos con la ingenuidad de esta actitud? ¿Cómo desafiar a la ingenuidad desde la ingenuidad misma?
En este sentido es que Sartre habla de la epoché como un milagro, carente de motivaciones que puedan surgir de la propia actitud natural y su inherente ingenuidad. De la misma manera, la califica de “una operación sabia, lo que le confiere una suerte de gratuidad” (Sartre, 1968, p.77). Husserl falla en querer hacer de la conciencia un concreto expresado en el Yo, más allá de este como objeto en el mundo, absorbiendo así al mundo en el sujeto (esto es, para Sartre, una “filosofía alimentaria”). El natural arrojamiento al mundo, entendido en términos de intencionalidad de la conciencia, es un dato suficiente para el desarrollo de cualquier análisis fenomenológico.
El Yo que aparece a la reflexión es pasible de cancelación, al igual que cualquier objeto del mundo, y no puede haber garantías de que este no se me dé, al mismo tiempo, escorzado. El análisis sartreano resulta, entonces, fundamental para evitar caer en cualquier tipo de esencialismo y abrir el terreno a una verdadera libertad entendida como proyecto con todas las responsabilidades que ésta trae aparejadas.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Husserl, E. (2013). Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica. México: Fonde de Cultura Económica.
Husserl, E. (2008). La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Buenos Aires: Prometeo Libros.
Husserl, E. (2004). Meditaciones Cartesianas. México: Fondo de Cultura Económica.
Sartre, J.P. (2008). El ser y la Nada. Buenos Aires: Editorial Losada.
Sartre, J.P. (1968). La Trascendencia del Ego. Buenos Aires: Ediciones CALDEN.
Szilasi, W. (1959). Introducción a la fenomenología de Husserl. Buenos Aires: Amorrortu Editores



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