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Collingwood/Koselleck: reactualización y hermenéutica

  • Foto del escritor: Gabriel Herrera
    Gabriel Herrera
  • 14 sept 2021
  • 5 Min. de lectura

En debate con Gadamer, Koselleck busca establecer una ciencia teórica a la que llama Histórica y que tiene por objetivo subsumir las condiciones de posibilidad de historias. En este contexto, elabora una crítica a la hermenéutica existencial gadameriana e intenta fundamentar que la Histórica no debe ser “tratada como un subcaso de la hermenéutica”[1]. La hermenéutica es entendida por Koselleck como una asimilación de la experiencia de la historia a la posibilidad de una interpretación y una expresión en términos lingüísticos. Como afirma Koselleck, la hermenéutica “es primordialmente la doctrina de la inserción existencial en lo que se puede denominar historia, posibilitada y transmitida lingüísticamente”[2]. En base a ello y despegándose de la concepción de una historia subsumida en la hermenéutica, Koselleck brinda algunas categorías trascendentales, presentadas en pares aporéticos, que sirven como condiciones de posibilidad histórica y que tienen, a su parecer, una existencia prelingüística o extralingüística.

Es justamente esta dimensión extralingüística la que podemos rastrear en la teoría de la historia y la formulación de la idea de reactualización en Collingwood. Lo que esta noción quiere decir es que cuando el historiador acude a una fuente no se detiene en lo que ella dice, no se queda en la mera interpretación del texto en tanto tal, sino que busca al agente que hay detrás y, al indagar en el agente, examina también su pensamiento. Este agente puede ser tanto aquel que produce el texto como el agente del acontecimiento histórico que se está narrando. Esta idea agencial no se percibe en la concepción hermenéutica, para la cual lo primordial es el texto escrito y no los pensamientos y las intenciones que originaron o que se reflejan en él. De hecho, el mismo Gadamer afirma en “Verdad y método” que no se puede concebir la recuperación de las intenciones detrás de las acciones de los protagonistas ni detrás de la escritura de los autores, ya que “el sentido de un texto supera a su autor no ocasionalmente sino siempre”[3].

Entonces, volviendo a Collingwood, éste incorpora la idea de que un acontecimiento tiene una exterioridad (la acción misma) que no puede desligarse de su interioridad, la cual refiere justamente a los pensamientos que hay detrás de las acciones, es decir que “el pensamiento en la mente de la persona por cuya agencia se produjo el acontecimiento […] no es algo distinto del acontecimiento, es el interior del acontecimiento mismo”. (210) En este sentido, es que la historia no es para el más que la historia del pensamiento. Esos pensamientos son los que, según Collingwood, el historiador reactualiza en su propia mente reviviéndolos “en el contexto de su propio conocimiento”[4] y, al hacer esto, los critica (auto-instituyéndose como autoridad que construye y confiere coherencia a partir de la imaginación a priori)[5]. Collingwood sostiene que el pensamiento es, por un lado intemporal y por el otro hijo del tiempo. Esto implica que se pueden abstraer y repensar, no exactamente de la misma manera ni tampoco en su inmediatez, sino separando su contenido de su contexto de surgimiento para trasladarlo a otro contexto para así verlos bajo una nueva luz (esto se emparenta en cierta forma con la idea de Koselleck de que “escribir la historia de un período significa hacer enunciados que no pudieron ser hechos nunca en ese período”)[6]. En cuanto este repensar se inscribe dentro de un auto-conocimiento reflexivo, el historiador al reactualizar los pensamientos del pasado se piensa a sí mismo pensando los pensamientos de otros.

Por otro lado, podemos considerar la visión de Collingwood sobre la pregunta como aquello que debe ser formulado previamente para entender al texto. El texto por sí mismo no puede responder nada si no está precedido por una pregunta que no está explicitada en el texto sino que viene de la mente del historiador. Así, el historiador toma la actitud de un detective y no se interesa meramente por el contenido de los textos y declaraciones (como lo haría el historiador de tijeras y engrudo), ni por su verdad o falsedad, ni siquiera busca restituir un sentido en términos gadamerianos[7], sino que se interesa por el hecho mismo de que esos textos y declaraciones se hayan efectuado de una manera dada y en un momento dado. Lo que se pretende extraer de los textos son, en palabras de Koselleck, “los testimonios para averiguar a partir de ellos una realidad existente allende los textos. Por consiguiente, [el historiador] tematiza, más que todos los otros exégetas de textos, un estado de cosas que en cualquier caso es extratextual, aun cuando él constituya su realidad sólo con medios lingüísticos”[8].

Por último, hay que destacar que la vocación arqueológica de Collingwood contribuye a que las fuentes no sólo sean escritas sino también no escritas, subsumiendo a ambas en la noción de “prueba histórica” y que devienen testimonios históricos cuando son considerados históricamente. En este sentido, Collingwood incorpora a las fuentes esa interioridad mencionada anteriormente, no sólo en cuanto textuales, sino también en cuánto objetos que están investidos de pensamientos y hechos. “Cuando un hombre piensa históricamente, tiene ante sí ciertos documentos o reliquias del pasado. Su tarea es descubrir qué pasado fue ese que dejó tras sí estas reliquias. Por ejemplo, las reliquias son ciertas palabras escritas, y en ese caso tiene que descubrir qué quiso decir con ellas la persona que las escribió. Esto significa descubrir el pensamiento que quiso expresar con ellas”[9]. En esta idea de la reliquia encontramos esta visión desde la arqueología que contribuye también a la imposibilidad de subsumir la teoría de Collingwood a un subcaso más de una hermenéutica textual, apoyada en tradiciones teológicas y jurídicas, como parece ser aquella que Koselleck atribuye a Gadamer.

[1] R. Koselleck, Histórica y Hermenéutica, Barcelona, Paidós, 1997, p.69. [2] R. Koselleck, Histórica y Hermenéutica, Barcelona, Paidós, 1997, p.86. [3] H-G Gadamer, Verdad y método, España, Sígueme, 1977, p.366. [4] R. G. Collingwood, Idea de la Historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1952, p.211. [5] El acento entonces está puesto más bien en la coherencia, diferenciándose de lo que afirma Gadamer al decirnos que las cosas que el historiador cuenta “deben haber acaecido como las cuenta”. H-G Gadamer, Histórica y lenguaje: una respuesta, Barcelona, Paidós, 1997, p.105. [6] R. Koselleck, Histórica y Hermenéutica, Barcelona, Paidós, 1997, p.92. [7] Collingwood no parece suscribir a la idea de Gadamer de que “en todo conocimiento histórico anida un «comprender»”, al menos no en un sentido hermenéutico (H-G Gadamer, Histórica y lenguaje: una respuesta, Barcelona, Paidós, 1997, p.103.) [8] R. Koselleck, Histórica y Hermenéutica, Barcelona, Paidós, 1997, p.91. [9] R. G. Collingwood, Idea de la Historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1952, p.272.

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