Hegel y la noción de autoconciencia en la dialéctica del amo y el esclavo
- Gabriel Herrera
- 14 sept 2021
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En “La fenomenología del Espíritu”, Hegel proporciona un análisis sobre el concepto de conciencia y sobre cómo ésta se relaciona con el mundo externo, con los otros y consigo misma. Esta última relación es la que da la posibilidad más inmediata de pensarla como autoconciencia. Al identificarse como un yo que sabe que es su yo, se pone a sí misma como sujeto y objeto simultáneamente. Sin embargo, esto no es suficiente para que ésta sea en sí y para sí. La autoconciencia mediante un movimiento dialéctico debe salir fuera de sí, debe salir de su encierro en el yo para encontrarse con el mundo y con otra autoconciencia, debe salir del ámbito de la subjetividad pura para entrar en el terreno de la intersubjetividad. Sólo de esta forma, en cuanto actúa modificando el mundo, puede realizar el retorno y la unión consigo misma, percibiendo al yo como una verdad más que como una simple certeza o presuposición.
La apetencia (la captación de una falta y una necesidad) es aquello que obliga a la autoconciencia a salir hacia afuera. Esta apetencia la compele a la acción y a relacionarse con las cosas del mundo negándolas y transformándolas, con la vida (como una primera verdad que se presenta como otredad) y, finalmente, con otra autoconsciencia. Sólo en este encuentro con otra autoconciencia podrá satisfacer su apetencia. Sin embargo, este encuentro, en cuanto desdoblamiento y duplicación de la autoconciencia (que se ve a sí misma en lo otro y a la vez como opuesta a sí misma), debe llevar a la superación de la alteridad (aunque el resultado no sea, en cuánto se resuelve dialécticamente, la supresión total de la misma). En aras de superar su ser otro “en primer lugar, debe tender a superar la otra esencia independiente, para de este modo devenir certeza de sí como esencia; y, en segundo lugar, tiende con ello a superarse a sí misma, pues este otro es ella misma”.[1] La única forma en que esta superación es posible es a través de un reconocimiento recíproco de una y otra autoconsciencia. Esto significa que la una debe ser para la otra lo que es para sí misma. Así, el reconocimiento borra la extrañeza y sitúa a la autoconciencia por encima de la vida animal.
Ahora bien, este reconocimiento solo se puede conseguir mediante una lucha que permita mostrar a cada autoconciencia su autonomía ante la otra. Esta lucha, entonces, debe ser a muerte ya que como afirma Hegel: “Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que la esencia de la autoconsciencia no es el ser, no es el modo inmediato como la conciencia de sí surge, ni es su hundirse en la expansión de la vida, sino que en ella no se da nada que no sea para ella un momento que tiende a desaparecer, que la autoconciencia sólo es puro ser para sí”.[2]
En esta lucha es donde se pueden comenzar a vislumbrar aquellas condiciones que hacen posible la historia, ya que el combate a muerte eleva al hombre por encima de la vida. Sin embargo, la muerte de alguna de las dos autoconciencias haría imposible el reconocimiento en la vencedora sobreviviente, por lo cual ambas deberán terminar esta lucha con vida. En razón de esto, se presentará una diferencia en la manera de afrontar la muerte que tendrán ambas autoconciencias, ya que una de ellas será capaz de afrontarla y superar el miedo a la misma (desembarazándose de la vida como mera auto-conservación animal del ser); en cuánto la otra autoconciencia teme a la muerte que le pueda infligir la primera y acaba por elegir la esclavitud de la vida y reconociendo al otro sin ser, asimismo, reconocido. De esta manera, se constituyen las figuras del señor y el siervo respectivamente; es decir, que el reconocimiento se establece parcialmente en términos asimétricos y jerárquicos: “una es la conciencia independiente que tiene por esencia el ser para sí, otra la conciencia dependiente, cuya esencia es la vida o el ser para otro; la primera es el señor, la segunda el siervo”[3]. A pesar de ello, mediante una inversión dialéctica el siervo/esclavo se terminará erigiendo como amo/señor del amo y el amo devendrá en esclavo del esclavo. Este movimiento dialéctico se dará a partir de 3 momentos concernientes a la conciencia servil: el temor a la muerte (ya mencionado anteriormente), la disciplina servicial con respecto al amo y, por último, el trabajo.
Para profundizar esta cuestión, Hegel apunta que el amo recibe el reconocimiento del esclavo, es decir que su autonomía queda mediada por otra autoconciencia que el amo no reconoce como tal: es “un ser para sí que sólo es para sí por medio de otro”[4]. Si bien logró liberarse de la naturaleza negando la vida, quedó ahora ligado a otro que no es su igual. Por su parte, el esclavo reconoce la superioridad del amo y sirve como medio para que éste se relacione con la coseidad, en cuánto que el primero es quien actúa sobre las cosas elaborándolas y modificándolas sin poder gozarlas, a diferencia del amo, quien sólo se entrega al goce inmediato (entendida como la negación más pura) consumiendo lo que el esclavo elabora mediante su trabajo. Es aquí donde el amo pasa a ser un instrumento del esclavo, quién toma esa coacción externa y en servicio del amo (y la satisfacción de éste) desarrolla una disciplina en la conciencia que lo libera al otorgarle la capacidad de transformar la naturaleza. El goce en el amo era algo meramente subjetivo, en cambio, el trabajo del esclavo adquiere una dimensión objetiva. Hegel asevera, entonces, que el trabajo “es apetencia reprimida, desaparición contenida, el trabajo formativo”[5]. Es decir que el esclavo, al formar las cosas como algo permanente, independiente y fuera de sí; deposita en ellas su propia autoconciencia y logra encontrarse a sí mismo en su obra obteniendo el goce de manera diferida. Así, aquello que se le presentaba como extraño, como siendo sólo en sí, es ahora asimilada en la conciencia como algo que es para sí. Por medio del trabajo la autoconciencia se eleva y se capta a ella misma en el ser. Hegel concluye entonces que el esclavo destruye así esa esencia extraña ante la que temblaba y su conciencia “se convierte de este modo en algo que es para sí mismo, en algo que es para sí. En el señor, el ser para sí es para ella otro o solamente para ella; en el temor, el ser para sí es en ella misma; en la formación, el ser para sí deviene como su propio ser para ella y se revela a la conciencia como es ella misma en y para sí”[6].
Resumidamente, quedan así formulados los factores que operan una transformación en la autoconciencia, a saber: la apetencia que la lleva al encuentro con el otro, la lucha a muerte por el reconocimiento de ese otro y lo que Kojève llama factores antropogénicos, que se establecen al interior de esa lucha y de acuerdo a su resolución; estos son el temor ante la muerte y la superación de ese miedo, la disciplina del esclavo y el proceso que lleva a cabo en el trabajo, el cual posibilita la historia, y que trae aparejado el retorno enriquecido a sí de la autoconciencia a través de su obra.
[1] G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p.114. [2] G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p.116. [3] G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p.120. [4] G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p.117. [5] G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p.120. [6] G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p.120.




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