Marx vs. Hegel: el motor de la historia
- Gabriel Herrera
- 14 sept 2021
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En “La ideología alemana”, Marx y Engels manifiestan un enfrentamiento absoluto con el idealismo de Hegel así como también con los jóvenes hegelianos, quienes no llevan hasta las últimas consecuencias la ruptura con su maestro, ya que siguen considerando que la batalla se da en el terreno de las ideas y no consideran las condiciones materiales a las que ellas mismas están supeditadas. Para Marx, lo que se puede ver en ese momento es el “proceso de putrefacción del Espíritu absoluto”[1], que no es otra cosa que la disolución del pensamiento hegeliano.
A diferencia de Hegel, quien tiene como tarea eliminar toda contingencia del “teatro de la historia universal”, Marx parte de los individuos reales y de sus condiciones materiales. Para él, todo estudio de la historia debe partir de los hombres y su relación con la naturaleza, siendo esencial la producción de los medios de vida y los modos de producir que coinciden con lo que los hombres son, así como también la creación de necesidades, la reproducción y la cooperación. “La organización social y el Estado brotan constantemente del proceso de vida de determinados individuos, no como puedan presentarse ante la imaginación propia o ajena, sino tal y como realmente son; es decir, tal y como actúan y como producen materialmente…”[2]. Es por esto que Marx cree que en Alemania no existen ni existieron historiadores ya que nunca partieron de la realidad concreta de los hombres, de la industria y del intercambio. La historia se ha escrito siempre de acuerdo a ilusiones políticas y religiosas que se sitúan por fuera de ella.
Marx considera que las ideas no se desarrollan por fuera de la materialidad concreta que expresan los hombres. Las ideas cambian porque los hombres cambian, no al revés. Así, en una crítica directa a Hegel, Marx dice que la historia no es “una acción imaginaria de sujetos imaginarios”[3] sino los hombres en su desarrollo real. La conciencia es un producto social y es conciencia del mundo inmediato y sensible que rodea a las personas. Como bien afirma Marx, las ideas dominantes son sólo “la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes”[4] y no autodeterminaciones de un principio o concepto místico que lleva a cabo su propia realización en la historia. De esta manera invierte la consideración de Hegel de que “lo que el hombre es realmente, tiene que serlo idealmente”[5].
En el caso de Hegel, la historia universal es la historia del espíritu. Este espíritu absoluto se expresa en los distintos “espíritus de los pueblos”, los cuales constituyen fases necesarias que desaparecen y se suceden en ese movimiento del espíritu hacia su propia libertad y conocimiento. En este sentido, son lo universal volcado hacia lo particular. El fin del espíritu es entonces producir un mundo espiritual, incluyendo religión y Estado, conforme a su propio concepto. Como definirá Hegel: “La historia universal es la exposición del proceso divino y absoluto del espíritu, en sus formas supremas; la exposición de la serie de fases a través de las cuales el espíritu alcanza su verdad, la conciencia de sí mismo. Las formas de estas fases son los espíritus de los pueblos históricos, las determinaciones de su vida moral, de su constitución, de su arte, de su religión y de su ciencia”[6]. Es en este punto que podemos ver algunos rastros hegelianos en Marx, quién recurre a la figura de las fases y etapas en el desarrollo de la historia. Por ejemplo, cuando argumenta en torno a un poder social que recorre una serie de etapas de desarrollo independiente de la voluntad y acciones de los hombres o, así también, en su análisis de la evolución de la propiedad que divide en tres etapas: tribal, comunal y feudal. El mote de “hegelianismo invertido” que se le aplica al marxismo se puede ver justificado también en la aparición de ciertas tensiones que recuerdan a la dialéctica hegeliana pero aplicada a la realidad material, como la tensión entre el desarrollo de fuerzas productivas y la división social del trabajo, la contradicción entre una masa desposeída y un mundo existente pletórico de riquezas, la antítesis entre la ciudad y el campo o la contraposición entre las fuerzas productivas y la forma de intercambio.
Un punto en el cual ambos autores se vuelven a distanciar es en la interpretación hegeliana de que la historia le otorga a ésta sus propios fines, asimilándola a una voluntad o providencia divina, y la convierte posteriormente en la finalidad de toda la historia que le precede. Marx considera que este determinismo o teleología es una tergiversación especulativa que se basa en abstracciones generadas a partir de una influencia activa del presente sobre el pasado. Es el capitalismo el que mira hacia atrás y ve un proceso evolutivo creando así, mediante el mercado mundial, la historia universal. Para Marx, lo que sucede en la historia son sólo contingencias y no así procesos globales. Algunos autores pretenden encontrar un determinismo en Marx, dónde el comunismo viene a reemplazar a la autoconciencia del espíritu absoluto en cuánto su realización resultaría ineludible. Pero Marx no parece ver el comunismo como un movimiento necesario e inevitable. Como él mismo afirma, “el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”.[7] El comunismo es inmanente al capitalismo, que puso en marcha un dinamismo que escapa a su control.
En la realización del comunismo, serán los hombres, y no el espíritu, el que se vuelva libre y consciente desligándose del poder que los venía sometiendo como algo absolutamente extraño y ajeno. Aquí el individuo alcanza la mayor riqueza espiritual en cuánto enriquece al máximo sus relaciones sociales. Así es como en Marx los hombres son fines y no medios. En cambio, para Hegel, los individuos son un simple instrumento del espíritu. Todo lo que hacen, según sus intereses particulares y conducidos por la pasión, conduce a lo universal. Tal como afirma Hegel: “El interés particular de la pasión es, por lo tanto, inseparable de la realización de lo universal; pues lo universal resulta de lo particular y determinado, y de su negación”[8]. Esto es lo que el filósofo llama “el ardid de la razón”, la cual deja que las pasiones obren por ella. Así, los individuos devienen actores ciegos del progreso histórico. La libertad, que en Marx se da de manera real y concreta en la asociación de los individuos, en Hegel se reduce a la alineación de los sujetos con los fines universales para que el espíritu realice su propia libertad mediante la autoconciencia. En este sentido, la historia universal, cuyos cambios internos son motorizados por los grandes hombres (poseedores de un instinto de lo universal), no es más que el espíritu del mundo realizado en las acciones e instituciones humanas.
De acuerdo a Hegel, el material a través del cual se da a conocer lo universal es el Estado, el cual constituye el ámbito donde los hombres ejercen una obediente libertad en cuánto obedecen a las leyes de su propia voluntad. “En el Estado surge esta separación: que lo objetivo para los individuos queda contrapuesto a ellos y ellos obtienen a cambio su independencia”[9] aunque no así su felicidad. Este sería, para Marx, el Estado burgués, que presenta su interés como si fuera el interés general, exhibiendo así una forma ilusoria de comunidad que se presenta como algo ajeno e independiente de los individuos. Marx considera que el Estado es un subproducto de la división de clases y la manera en que la clase dominante impone sus propios intereses creando la ilusión de una voluntad libre cuando, en los hechos, sólo otorga la libertad a los individuos pertenecientes a la misma clase dominante.
Como conclusión, se puede vislumbrar una ruptura radical de Marx con los preceptos hegelianos al haber introducido una idea de praxis que lleva a considerar la historia de otra manera, encontrando el motor en la revolución antes que en la crítica. Así, en palabras de Marx, “la historia no termina disolviéndose en la autoconciencia, como el espíritu del espíritu, sino que en cada una de sus fases se encuentra un resultado material, una suma de fuerzas de producción, una relación históricamente creada con la naturaleza y entre unos y otros individuos, […] por tanto, las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias”[10]. En cambio, Hegel afirma que el fin de la historia universal es “que el espíritu llegue a saber lo que es verdaderamente y haga objetivo este saber, lo realice en un mundo presente, se produzca a sí mismo objetivamente”[11].
En definitiva, la historia se desarrolla por el movimiento del espíritu hacia la autoconciencia y no, como afirma Marx, por la acción de los hombres vivos y reales. De esta manera, lo que Hegel pretende ver con los ojos del concepto, Marx lo verá con los ojos de la cara.
[1] Karl Marx, La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos, 1965, p.15 [2] Karl Marx, La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos, 1965, p.25 [3] Karl Marx, La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos, 1965, p.27 [4] Karl Marx, La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos, 1965, p.50 [5] G.W.F. Hegel, Filosofía de la historia universal, Buenos Aires, Losada, 2010, p.51 [6] G.W.F. Hegel, Filosofía de la historia universal, Buenos Aires, Losada, 2010, p.71 [7] Karl Marx, La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos, 1965, p.37 [8] G.W.F. Hegel, Filosofía de la historia universal, Buenos Aires, Losada, 2010, p.103 [9] G.W.F. Hegel, Filosofía de la historia universal, Buenos Aires, Losada, 2010, p.119 [10] Karl Marx, La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos, 1965, pp.40-41 [11] G.W.F. Hegel, Filosofía de la historia universal, Buenos Aires, Losada, 2010, p.70




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