Emancipación: ¿De quién y para quién?
- Gabriel Herrera
- 24 ago 2023
- 20 Min. de lectura
INTRODUCCIÓN
Al abordar la cuestión de la emancipación surgen preguntas de todo tipo, muchas de las cuales se relacionan con métodos o medios (¿cómo?), con fines u objetivos (¿para qué?), con razones ligadas o no a una coyuntura (¿por qué?, y así también ¿cuándo?). Se podrían seguir enumerando muchos más interrogantes al respecto, pero en este trabajo me detendré en aquellas preguntas que se relacionan directamente con el sujeto de la emancipación. Estas preguntas se pueden simplificar en sólo una: ¿Quién?
Sin embargo, para ser más rigurosos y en principio, podemos subdividir esta pregunta en dos subpreguntas. La primera de ellas es “¿de quién?”. Este interrogante puede tratarse desde dos ángulos distintos. En un caso podemos preguntarnos de quién nos emancipamos, es decir, quién es el enemigo o los enemigos a vencer (resulta difícil que el papel del opresor sea un rol interpretado por un solo antagonista).
Por otra parte, también podemos preguntarnos -y esta es la segunda subpregunta- de quién es la emancipación, esto es, a quién pertenece, quién es el. Durante mucho tiempo este papel tuvo un intérprete indiscutido dentro de la tradición revolucionaria: el proletariado. Esta era la clase destinada a alzar y llevar adelante la bandera de la emancipación, más puntualmente (y esto será parte de la problemática a tratar) de “su” emancipación, casi como si esa fuera su misión histórica. Sin embargo, en los hechos el proletariado no siempre pudo tener el protagonismo absoluto ni pudo tampoco gozar de los frutos de la anhelada emancipación. En este punto, hay que considerar el papel que juegan y jugaron distintas organizaciones, partidos e incluso los Estados. Estos actores muchas veces en una pretendida intención de ayudar en el proceso emancipatorio terminaron ahogando el protagonismo del proletariado, sustituyendo sus deseos por los propios y hablando o actuando en nombre de ellos y a pesar de ellos, expresando aquello que el proletariado probablemente no quería decir ni hacer.
Para abordar los puntos planteados, me detendré especialmente en el texto de Kautsky “Terrorismo y comunismo”, poniéndolo en relación y confrontándolo cuando sea adecuado a los aportes y respuestas que han brindado a estos interrogantes autorxs como Trotski, Lenin, Stalin, Rosa Luxemburg, Castoriadis, entre otrxs. En Kautsky, ya sea que se acuerde o no con sus reflexiones, se encuentran planteados los problemas citados más arriba siendo reducidos a cuestiones puntuales: la libertad de crítica hacia el interior de los movimientos emancipatorios; la conducción, la organización y el liderazgo (el papel de los partidos); la tensión entre disciplina y autonomía; la cuestión de la dirección o el sentido de una transformación social y qué significa ésta para los diferentes actores (vencedores y vencidos); la pregunta por quién es o deja de ser un trabajador; quién es o deja de ser beneficiario/a de los frutos de la emancipación; la oposición entre dictadura y democracia, etc.
Aquí no se buscará dar respuesta a estas preguntas que ya muchos han intentado responder con dudosos resultados, pero si se intentará confrontar y analizar los textos para sacar en limpio los distintos problemas, las posibles soluciones y dirimir cuáles pueden ser los errores y aciertos dentro de cualquier lucha por la emancipación, sin enfocarnos en un momento histórico particular (aunque a modo meramente ejemplar, y porque es el eje en común dentro de los textos analizados, se tomará el caso de la Revolución Rusa como un factor de análisis).
¿DE QUIÉN?
Como ya fue señalado en la introducción, la pregunta que da título a esta sección puede adquirir dos sentidos distintos. El primero de ellos, que si bien será mencionado no será el objeto de estudio de este trabajo, remite al antagonista, al enemigo a vencer y del cual emanciparse. Esta figura no se mantiene invariable en el tiempo, sino que es netamente coyuntural. Si bien tradicionalmente la figura de la burguesía ha atraído todas las miradas a la hora de buscar un enemigo absoluto, la misma no es exclusiva ni siquiera aún en su breve periodo de existencia. Por lo cual, la pregunta entendida de esta manera puede tener diversas respuestas según el momento y el lugar en el que se formule.
Dicho esto, pasaré ahora al segundo sentido que adquiere la pregunta por el quién y que será desarrollada con más profundidad en el presente trabajo. Este sentido, como ya fue señalado, refiere al protagonista de la emancipación. La pregunta que nos hacemos es: ¿De quién es la emancipación? ¿Quiénes son lxs responsables de llevar a cabo una pretendida transformación? En este trabajo, me detendré en la respuesta más tradicional de la literatura revolucionaria y el sujeto revolucionario por antonomasia: el proletariado. No porque sea la única respuesta posible (de hecho, y sobre todo actualmente, no la es) pero su caso es paradigmático y, a partir de la lectura de autores ligados más que nada a la tradición marxista, se pueden sacar conclusiones más generales aplicables a diversos sujetos revolucionarios.
Con el riesgo de desembocar en una suerte de mesianismo, el proletariado ha sido considerado a menudo como la clase destinada a obtener la emancipación, sobre todo la propia, pero idealmente la de toda la humanidad. Esa ha sido siempre, según varios autores, su “misión histórica”. Ahora bien, más allá de la máxima marxista de que “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos” (K. Marx, 2014, p. 215) la susodicha autoemancipación no ha sido nunca tal, al menos no de manera estricta. Se podría decir que el proletariado, para algunos, no está suficientemente ilustrado y, siguiendo a Kant, no ha salido aún de la minoría de edad, por lo cual necesita de la dirección de otros a los que se debe obedecer, es decir, necesita de una “cabeza reflexiva” (Gramsci, 2010, p.73). En este sentido, pensar por sí misma le está vedado a partir de cierto punto y su accionar se encuentra muchas veces limitado por elementos externos que buscan moldear sus deseos, dirigir sus energías y su potencial revolucionario hacia un rumbo pretendidamente correcto e infalible. Kautsky, en su libro Terrorismo y Comunismo, critica la idea de que el proletariado deba someterse o subordinarse a sus dirigentes para poder obrar de manera autónoma, lo cual es cuanto menos paradójico y quitaría toda fuerza a su verdadero poder y voluntad, que estaría nulamente representada.
Así, habría una vanguardia con una conciencia esclarecida que debería guiar al obrero en el camino a la autoemancipación. El problema se presenta cuando esta guía se convierte en una simple y mera sustitución. Cuando esto sucede, un partido puede tornarse en algo mucho mayor que un portavoz de los intereses de la clase proletaria, que debe convertirse en un ejército obediente presto a ejecutar las órdenes del partido que ejerce el papel de la vanguardia de turno. Así, la sola palabra “crítica” se vuelve contrarrevolucionaria. La opinión del trabajador parece tener valor sólo cuando no dice nada fuera de lo ya dicho. En este sentido, el proletariado se ve obligado a seguir principios que, en muchos casos, suelen pecar de maleabilidad a pesar de sí mismos.
Es a partir de esta problemática que se vuelve imperioso pensar quién va delante y quién detrás (si es que esto debe ser así) en un proyecto emancipatorio. ¿Acaso lxs trabajadorxs deben embanderarse detrás de una vanguardia iluminada que encarne el papel de conciencia de clase y voluntad organizada? (Trotsky, 1975, p.24) ¿O son las organizaciones las que deben correr presurosas a retaguardia del supuesto espontaneísmo de las masas? Las organizaciones partidarias se han impuesto usualmente como una exterioridad que viene a “impulsar adelante a los obreros”, a encauzar su movimiento espontáneo “centralizando y coordinando enérgicamente la acción proletaria” (Gramsci, p.74) y a educarlos para concretar algo que el movimiento de lxs trabajadorxs pareciera no poder lograr por sí mismo: “el hábito de la disciplina voluntaria y de la autonomía”, así como la inteligencia “para distinguir lo posible de lo imposible” (Kautsky, 2001, p.81). Esto sería así en virtud de poseer una mejor visión “de las condiciones de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario” (Marx, K., Engels, F., 2014, p.80).
Es en este sentido que se cumple aquello que señalaba Trostsky en “Nuestras tareas políticas”:
El proletario revolucionario no participa en nada en la “acción” en los acontecimientos políticos. Incluso ni se intenta hacerle participar. Desde luego que se le informa, a posteriori, mediante proclamas de lo que ha pasado no dejándole, así otra posibilidad más que la de sobresaltarse y preguntarse con desamparo: “¿Qué hacer?”, sin recibir respuesta. He aquí el género de práctica que domina en la hora actual en nuestro partido (1975, p.28).
A pesar de la posición marxista según la cual “los comunistas no forman un partido aparte” y “no tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado” (Marx, K., Engels, F., 2014, p. 80), la representación y la delegación pueden llegar a tal extremo que la emancipación deja de pertenecer a la clase trabajadora como tal (en este caso, se les arrebata lo que no poseen) y trasmuta en un objetivo partidario que, en el afán de representar los supuestos intereses proletarios (que aparentemente siempre son conocidos y fielmente interpretados por el Partido) y organizar su reacción colectiva de forma sistemática y planificada (Trotsky, 1975, p.24), termina alimentando sus propios intereses en detrimento de sus representados erigiéndose como una nueva clase dominante que se sitúa por encima del proletariado.
Así, “la constitución del proletariado en partido político”, máximo deber y condición indispensable “para asegurar el triunfo de la revolución social y de su fin supremo: la abolición de clases” (Marx, 2014, p.217) se vuelve, cuanto menos, muy difícil. En su lugar encontramos un grupo de revolucionarios profesionales que deja de ser una parte inseparable de la clase obrera (como pretendía Stalin) y ya “no marcha a la cabeza del proletariado consciente”, sino que “actúa en lugar del proletariado” (Trotsky, 1975, p.29) y piensa por él, es decir, lo substituye, permaneciendo, de esta manera, por fuera del grupo como si estuvieran emancipados del proletariado mismo, el cual ve arrebatada su autonomía política. El Partido, ejerciendo su jefatura política de manera omnipotente sobre el proletariado, termina conduciéndose a sí mismo al poder en lugar de guiar a los obreros hacia el mismo.
Cabe preguntarse, entonces, cuántas veces la situación de lxs trabajadorxs ha cambiado de manera realmente cualitativa bajo contextos revolucionarios (quizás se podría pensar, por citar un caso, en breves y aisladas experiencias durante la revolución española), cuántas veces su cambio de situación se redujo a un pase de manos en la conducción de su continuada explotación. En este sentido, Castoriadis analizaba el caso ruso y veía “una sociedad de clase y de explotación en la que la situación del proletariado es fundamentalmente idéntica a la que tiene bajo el capitalismo privado” (1976, p.306), sólo cambian los intérpretes que se esconden bajo distintas máscaras: antes los patronos capitalistas, ahora los burócratas del Partido. Lejos parece quedar, en este sentido, el deseo marxista de un proletariado que se eleve a clase dominante. Mas aún, al igual que las consideraciones de Stalin sobre las reformas, la emancipación también parece tener que ser otorgada desde arriba. El poder raramente es para los Soviets.
Teniendo en cuenta esto, surge la problemática de la imposibilidad crítica. Como sostenía Saint Simon, “producir un sistema significa producir una opinión que es, por su naturaleza, tajante, absoluta y exclusiva” (1964, p.37). Por lo tanto, la cohesión en contextos revolucionarios debe ser, según algún mandato, plena. La disensión es, por definición, contrarrevolucionaria (y reformista) o, como sostiene Lenin y refuerza Stalin, “una nueva variedad de oportunismo” que redunda, suponiendo que éste siempre es un elemento extraño al movimiento, en “la libertad de introducir en el socialismo ideas burguesas y elementos burgueses” (Lenin, 2015, p.20). De esta manera, entonces, no hay lugar para la crítica ni puertas adentro ni cuando ellas provienen de compañerxs de lucha pertenecientes a otras organizaciones y, aparentemente, no habría forma de que la misma juegue a favor de la emancipación, lo cual supone la existencia de una única forma de llevarla a cabo: la que efectivamente está teniendo lugar en el momento en que surge la crítica. Kautsky consideraba al respecto que, ya sea modificando (o abandonando) el programa para adaptarse a lo que la situación pueda forzar y a las críticas que puedan surgir (siempre suponiendo que ellas fueran consideradas válidas), o ya sea aferrándose por completo al mismo, el resultado para la causa será el mismo, aunque “para las personas varía mucho” (Kautsky, 2001, p.104). Obviamente, Kautsky estaba pensando en la necesidad de cierta flexibilidad programática que tuviera en consideración cierto factor humano.
Entonces, del pensamiento de Lenin se desprende que no hay forma de desviar el rumbo que no afecte a una emancipación ya prefabricada o predestinada por aquellos que pretenden dirigirla. Sólo queda la posibilidad de una obediencia ciega y un mecánico asentimiento. Kautsky rescata a este respecto la opinión de Engels que rechaza la idea de que “no deben señalarse los defectos de un movimiento cuando éste es un movimiento revolucionario, para no disminuir el ímpetu de la masa” (2001, p.78).
Por su parte, Lenin veía en la libertad de crítica un desprecio a la teoría y un culto a la espontaneidad que afecta a los principios mismos de un socialismo que asegura ser científico. Así, para Lenin, la teoría se convierte en la piedra angular de cualquier movimiento revolucionario. Se podría decir que sin teoría no hay emancipación posible. Pero la pregunta que surge es: ¿a quién pertenece esta teoría? En Lenin hay una respuesta clara: a una vanguardia (que pareciera encarnar la única “verdad” en la Tierra), que necesariamente necesita del apoyo de los legítimos dueños de la emancipación, quienes en definitiva se deben subordinar disciplinadamente a una teoría que decide la dirección de la que nadie se puede desviar y que no les pertenece en absoluto. Lo cual nos hace volver al punto de partida de este trabajo. El círculo es, forzosamente, vicioso.
Contra esta postura, Rosa Luxemburg sostiene que el oportunismo no puede ser evitado, sino que es parte del desarrollo histórico del movimiento obrero, para ella “es una ilusión contraria a las enseñanzas de la historia querer fijar de una vez por todas la dirección revolucionaria de la lucha socialista y querer garantizar para siempre al movimiento obrero de todas las desviaciones oportunistas” (Luxemburg, 2013, p.204). Luxemburg rescata el valor de la espontaneidad de las masas ubicándola por encima de cualquier inventiva de una dirigencia o vanguardia (que tiende, mal que le pese, a un conservadurismo basado en un control restrictivo del movimiento), ya que dicha espontaneidad juega un papel decisivo en cualquier cambio de rumbo táctico en la acción revolucionaria. En este sentido, Luxemburg sostiene que la táctica de lucha no debe ser inventada, sino que “es el resultado de una serie ininterrumpida de grandes actos creadores de la lucha de clases con frecuencia espontánea, que busca su camino”, y en ello se manifiesta su idea de que lo inconsciente precede lo consciente (Luxemburg, 2013, p.196).
Todo lo que fue mencionado en los párrafos precedentes son problemáticas que se desprenden directamente de la pregunta por el quién. Debemos preguntarnos si hay acaso un protagonismo legítimo, un dueño de la emancipación. Si la emancipación es efectivamente la tarea ineludible de los trabajadores, ¿cuál es el papel que deben jugar las distintas organizaciones que acompañan desde otro lugar la lucha por la emancipación? ¿Hasta qué punto pueden apoyar y reforzar los anhelos de la clase obrera sin someterlos a sus propios objetivos, sin ahogarlos en las aguas de la imposibilidad crítica y sin perjudicarlos con sus propias mezquindades? Son preguntas que a mi juicio encuentran respuestas más efectivas en el camino señalado por Rosa Luxemburg que en la rigidez de la teoría leninista.
¿PARA QUIÉN?
Esta pregunta guarda una íntima relación con la de la sección precedente, ya que no todos los actores de un proceso emancipatorio gozan finalmente de los frutos de un triunfo en ese sentido. Castoriadis, por ejemplo, se hacía esta pregunta con respecto a una “nacionalización” que no bastaba para suprimir la explotación: “¿quién domina, quién dirige, quién administra la economía “nacionalizada” y quién, en definitiva, se beneficia de ella?” (Castoriadis, 1976, p.303) Para este autor, ciertamente no es el obrero quien se beneficia y, como se señaló anteriormente, el mismo juega un papel de simple ejecutante y “en ningún sentido, participa en la gestión de la producción de su empresa, de la economía, del Estado o de la sociedad” (Castoriadis, 1976, p.304). No es el obrero quien efectivamente conquista el poder.
Y si, a partir de reconocer el papel que está desempeñando, el obrero se vuelve hacia la crítica o incluso “se desplaza hacia las tendencias anarquistas” (Gramsci, 2010, p.74), el mismo se convierte en mucho más que una voz disidente hacia el interior del movimiento: se convierte lisa y llanamente en un enemigo a derrotar, ya sea por utópico, ya sea por contrarrevolucionario o simplemente por “hacerle el juego” a los rivales de turno. A este respecto Kautsky señalaba: “Bajo el nombre de contrarrevolución se comprende las oposiciones de todo género, cualesquiera que sean los motivos en que se funde, los medios que se emplee y los fines que se proponga” (Kautsky, 2001, p.96). Es decir, la mera oposición (que a veces puede no ir mucho más allá de una obediencia crítica) ya basta para tachar de enemigo interno a quien esgrima una crítica, sin importar cuán apropiada sea la misma.
Entonces, nos vemos obligados a pensar si la emancipación es efectivamente para el obrero, si es el mismo quien recoge los frutos de su anhelado objetivo. Para el obrero que ofrece alguna resistencia evidentemente no hay posibilidad de gozar de los frutos de la emancipación, y para el obrero que es orgánico habría que considerar cuál es el alcance real de su participación en los verdaderos logros emancipatorios. La pregunta que queda abierta es si hay emancipación para ellos en algún sentido puramente positivo o si la misma solo les es dada de manera acabada y sin posibilidad de ser modificada en vistas de una mejor forma de vida para los obreros.
Por otra parte, cabe preguntarse qué es lo que sucede con los antiguos opresores ahora derrotados. En general, pareciera que la derrota no borra su pasado, y que éste sigue siendo una suerte de fantasma que nunca pierde presencia, es decir, el vencido sigue siendo un opresor, sólo que derrotado. ¿Puede, entonces, el opresor convertirse en oprimido o acaso, ya sea por venganza o simplemente por tenerlo bajo control, el mismo es oprimido justamente porque su identidad de opresor no perece jamás?
Kautsky, siempre refiriéndose al caso de Rusia, abordaba esta cuestión y afirmaba:
En la República de los Soviets no se hace la clasificación de obreros y burgueses según las funciones que actualmente se desempeñan, sino según las que se desempeñaban antes de la revolución. En Rusia, el burgués aparece como una especie humana de características imborrables. (2001, p.84)
De esta forma, uno puede cuestionarse hasta qué punto es posible una supresión de clases y qué debe suceder para que ellas no persistan siquiera en su forma fantasmagórica. La emancipación no puede ser una simple inversión donde el poder cambie de manos manteniendo sus estructuras, donde el “nosotros” y el “ustedes” permanezca inmutable en su esencia, pero invirtiendo sus roles. Está claro que el burgués, más allá de que tiene su propio concepto individualista o monádico de emancipación, no necesita emanciparse en los términos planteados dada su condición inicial de opresor, pero al invertir los roles quizás se esté creando su propia necesidad y deseo de emancipación en un nuevo sentido.
En este sentido, Kautsky consideraba que el bolchevismo había creado una nueva sociedad de clases: dónde los antiguos burgueses y capitalistas ocupaban la clase inferior, y los funcionarios del partido se erigían en clase superior por sobre aquella intermedia de los obreros asalariados. De esta forma, según Kautsky, los primeros eran “desposeídos de sus derechos políticos, privados de todos los recursos, condenados a los trabajos obligatorios más repugnantes y sin más raciones que las verdaderas raciones de hambre” (2001, p.97).
Cabe preguntarse, entonces, hasta qué punto la emancipación puede desligarse del espíritu vengativo y evitar convertirse en aquello que dice rechazar; y si hay, además, algún punto en el que la misma se completa en un sentido general o si, en cambio, la emancipación debe ser por definición parcial, sin poder dejar de lado las reprimendas. Surgen a este respecto varias preguntas: ¿Cómo incluimos al/a “otro/a” político en nuestra idea de emancipación? ¿Cómo se lo incluye en el trasfondo de un desacuerdo inconciliable? ¿Acaso la emancipación se piensa como “la creación de una forma de vida más elevada” o sólo esconde una “sed de venganza”? (Kautsky, 2001, p.84) ¿Acaso las reprimendas (y las represiones) son un hecho ineludible para la obtención de esa forma elevada de vida que nos daría una emancipación definitiva? Estas últimas son preguntas que implican tratar en profundidad el tema de la violencia revolucionaria, lo cual excede los límites y objetivos de este trabajo.
Ahora bien, es indispensable que al pensar el concepto de emancipación se piense asimismo en su relación con la libertad. Y al pensar en la libertad, debemos pensar si la misma es posible también en un sentido completo (al modo bakuniniano si se quiere) o si debemos conformarnos con una libertad parcial, como derecho adquirido por un grupo específico, sin importar cuán grande o pequeño sea éste. Kautsky, al pensar la libertad, pensaba en instituciones democráticas que la garantizaran a través de la libertad de prensa (“el mejor medio de desenmascarar aventureros, bribones, charlatanes y canallas”) (Kautsky, 2001, p. 92) y expresión total, donde las palabras no puedan ser censuradas o prohibidas. Así también, desde una mirada un tanto ilusa, destacaba el valor de la política partidaria como garante de la representación de los diversos intereses de clase que, sin embargo, se vería obligada a “resaltar aquellos de estos intereses que coinciden con el interés general de la comunidad” (Kautsky, 2001, p.86). Es por ello que veía con malos ojos la separación de los intereses de clase de los obreros rusos con respecto al interés general.
La valoración que hace Kautsky de la democracia, la cual no coincide con “la conquista de la democracia” del Manifiesto Comunista, busca desligar a la misma de su identificación con un método de gobierno exclusivamente burgués y distinguirla favorablemente con respecto a cualquier tipo de dictadura, que frecuentemente busca ser un medio para terminar siendo un fin. Kautsky rescata, ante todo, la idea del sufragio universal, cuya consecución también habría implicado grandes luchas y sacrificios por parte del proletariado. Así, concluye Kautsky:
La democracia con el sufragio universal es el método de transformar la lucha de clases, que comenzó siendo una lucha de puños, en una lucha de cabezas, en la cual sólo puede vencer una clase siendo superior moral e intelectualmente a sus adversarios. La democracia es el único método que puede producir aquellas formas de vidas superiores que el socialismo significa para el hombre civilizado (2001, p. 111)
Kautsky parece abogar por una emancipación que no deje afuera a nadie (como ya lo señaló Marx, la emancipación debe ser lisa y llanamente humana), que no se apoye en la aniquilación de los adversarios políticos y sociales, pero la pregunta es: ¿Pueden realmente las instituciones democráticas y el humanitarismo defendidos por él garantizar una emancipación total? La democracia parecería más bien ser el método de los cambios parciales, de la emancipación a medias (como diría Marx), la incompletitud forma parte de su esencia misma. Resulta bastante inocente de parte de Kautsky (si creemos en sus buenas intenciones) pensar que en la política de partidos no se imponen determinados intereses sobre otros y que la misma no se sirve, a su vez, de un aparato represivo que en muchos casos reemplaza esa pretendida superioridad moral e intelectual. Por ejemplo, no podemos pensar la presunta libertad de prensa de los contextos democráticos escindida de los intereses de clase, quizás al indagar un poco encontramos que la prensa no es tan libre como se asume (aunque las formas sean menos públicas y evidentes). En democracia también “florece la mentira” (Kautsky, 2001, p.86), ella no es exclusiva de los sistemas totalitarios, y su coacción va más mucho más allá de aquella que “la mayoría ejerce sobre la minoría” (Kautsky, 2001, p.90).
Dicho esto, Kautsky quiere recuperar la idea, ya planteada con anterioridad por Engels, de que “el proletariado para emanciparse a sí mismo tiene que emancipar a toda la humanidad” (2001, p.87) y evitar, de esta manera, “engendrar sus propios sepultureros”, invirtiendo la idea del Manifiesto Comunista según la cual la burguesía ha forjado “las armas que deben darle muerte”, así como ha producido también “los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios” (Marx, K., Engels, F., 2014, p.74). Esto justamente nos devuelve a las consideraciones previas acerca del opresor oprimido.
La emancipación, desde una óptica comunista, debería superar cualquier diferencia que pudiera llevar a una escisión entre clases antagónicas para, de hecho, suprimir tal división y, con ello, cualquier privilegio de clase. Esto se apoya en la creencia de que puede existir una representación de los intereses humanos generales, y de que estos intereses son también existentes. Esto permitiría pensar que hay un modo de actuar, dejando de lado cualquier atisbo de odio o de anhelo vengativo, que puede contentar a toda la humanidad por igual. Y esta actitud dejaría sin sentido cualquier punitivismo extremo basado en el rencor para dar lugar a una elevación moral que mejore las condiciones de vida no sólo de algunos, sino de todos.
Por otra parte, es difícil conciliar la idea de una emancipación total con la idea de una dictadura que, en definitiva, nunca es del proletariado. Como dijo alguna vez Berkman (y antes Bakunin) “millones de individuos no pueden ser todos dictadores” (Berkman, 2009, p.181). Las dictaduras como tales, considera Kautsky (y creo que resulta evidente), nunca pueden ser pacíficas. Marx consideraba que la dominación política del proletariado erigido en clase dominante podía suprimir por la fuerza las viejas relaciones de producción y al mismo tiempo “las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general y, por tanto, su propia dominación como clase” (Marx, K., Engels, F., 2014, p.87). Cuesta creer en la dictadura como un medio válido para una emancipación de toda la humanidad, más bien parece apuntar a lograr la emancipación de aquellos que queden en pie (no debemos olvidar que los fusilamientos han sido moneda corriente en las revoluciones más renombradas), o más bien de quienes se adapten a las nuevas condiciones en desmedro de sus verdaderos deseos, sean o no estos últimos un deseo genuino de emancipación.
CONCLUSIÓN
Está claro que el proletariado fue tomado en su carácter paradigmático, pero cuando hablo del proletariado lo hago de igual manera que si hablara de cualquier otro sector de la sociedad que se encuentre bajo la opresión de una clase dominante. Hoy esta categoría es representada en formas múltiples por grupos humanos que van desde una clase trabajadora mucho más amplia (con sus distintos niveles de explotación) hasta una variedad de colectivos heterogéneos y sus múltiples intersecciones que también se ven envueltos en las mismas disyuntivas que otrora aquejaban al movimiento obrero.
Siguiendo esta lógica, un proyecto emancipatorio puede adquirir muchos rostros. No está predestinado a iniciarse en ningún lado ni a dirigirse a ningún lado. Debemos entender que no estamos destinados, ni activa ni pasivamente a ejercer un papel determinado en la búsqueda de la emancipación tan solo por pertenecer a una clase o caer bajo tal o cual categoría. No hay “misión histórica”, no hay una única “fuerza motriz revolucionaria” con el papel mesiánico de realizar la revolución definitiva ni métodos científicos infalibles o teorías de intachable pureza para guiar la emancipación, hay que asumir lo que Foucault llamaba “el trabajo indefinido de la libertad”, que es siempre experimental (y, en consecuencia, refutable) y por ello debe intentar “captar los puntos en que el cambio es posible y deseable” (Foucault, 1996, p.105). La emancipación la hacen los hombres y las mujeres (desde diferentes y variadas posiciones) y, por eso mismo, no puede controlarse y resulta imprevisible. Desde el momento en que se busca direccionarla y arrancarle su autonomía, la auto-emancipación deja de ser tal, pierde su carácter emancipatorio inicial y se tiñe de autoritarismo. La emancipación irá hacia donde tenga que ir, será lo que deba ser (aún si fracasa) o no será en absoluto. No se puede convertir en una lucha por quién interpreta y representa de mejor manera los intereses (siempre heterogéneos) de lxs oprimidxs.
En este sentido, cobran valor las palabras de Rosa Luxemburg para quien “el único “sujeto” al que corresponde hoy el papel de dirigente es el yo colectivo de la clase obrera, que reclama resueltamente el derecho de cometer ella misma las equivocaciones y de aprender ella misma la dialéctica de la historia” y agrega luego que “los errores cometidos por un verdadero movimiento obrero revolucionario son históricamente de una fecundidad y de un valor incomparablemente mayores que la infalibilidad del mejor de los comités centrales” (Luxemburg, 2013, p.205). Si bien ella se refiere lógicamente al caso de los obreros, esta consideración se puede hacer extensiva a cualquier otro movimiento que luche por su emancipación o, si fuera posible, por la de toda la humanidad.
Por otra parte, si la emancipación se debe sostener por la fuerza de las armas es muy probable que nunca se constituya como tal (lo cual no significa necesariamente que el camino opuesto sea posible), ya que la violencia, diría Camus tan necesaria como injustificable, siempre pide ser sostenida y renovada. Kautsky sostenía que la guerra “ha sido siempre la tumba de la democracia” (2001, p.100), aunque esta última parece haberse regodeado bastante en la primera cuando se hacía en su nombre. Podemos adaptar la frase para decir que la guerra es la tumba de la emancipación (aunque solo sea una tumba entre varias en un vasto cementerio). Forzar la emancipación es negarla o al menos reconocer que el ideal de una emancipación estrictamente humana quizás no sea posible. La emancipación, vista como un objetivo que solo se encuentra al final y que busca implantar “utopías acabadas”, siempre será parcial, siempre será la emancipación de algunos y la subyugación de otros. No hay algo así como una “humanidad neutra” con “zonas libres de conflicto” (Bascetta, M., Bonsignori, S., Carlini, F., y Petrucciani, S., 2001, pp.325-326), siempre habrá enemigos en cualquier orden establecido.
Dicho esto, no es mi intención juzgar éticamente el tipo de emancipación que se busca (eso implicaría refugiarla en una nueva “verdad”), pero quizás sería prudente sincerarnos al respecto y dejar en claro cuáles son las verdaderas prioridades o quiénes queremos que sean realmente los nuevos privilegiados sin recurrir a la excusa de circunstancias determinantes. Debemos reconocer hasta qué punto la subversión de lo existente pretende devenir o no en una copia negativa de lo subvertido y plantearnos la pregunta proudhoniana: “¿dejará de ser lo futuro más que la triste copia de lo pasado?” (Proudhon, 1870, p.94). Quizás la respuesta deba ser pensada desde el presente y debamos asumir, en la medida de lo posible, nuestras propias prácticas emancipatorias, transformándolas y reconvirtiéndolas creativamente (este es el trabajo indefinido), sin esperar una revolución que implante una emancipación como meta total y definitiva.
BIBLIOGRAFÍA
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Castoriadis, C., “Sobre la degeneración de la revolución rusa”. La sociedad burocrática vol.2. La revolución contra la burocracia, Barcelona, Tusquets, 1976
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Proudhon, P. J., Sistema de contradicciones económicas o Filosofía de la miseria, Madrid, Librería de Alfonso Durán, 1870
Saint Simon, C.H., Catecismo político de los industriales, Buenos Aires, Aguilar, 1964
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