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Aristóteles: el estatus de la experiencia en Metafísica

  • Foto del escritor: Gabriel Herrera
    Gabriel Herrera
  • 15 sept 2021
  • 3 Min. de lectura

En Metafísica I. 1, Aristóteles tiene como objetivo demostrar que el saber, por el cual pasa la finalidad de la naturaleza humana, tiene distintos grados. El camino a recorrer será desde el grado inferior al grado superior. Siguiendo esta lectura, el primer grado de saber será la sensación, con preponderancia de la visión en cuanto nos suministra mayor información y conocimiento. Este es un rasgo que tanto los animales como los seres humanos comparten.

Continuando el recorrido, el segundo grado será la memoria. Que un ser tenga sensación no implica que tenga memoria, la sensación puede estar acompañada o no de esta facultad para recordar. La sensación con memoria proporciona una mayor inteligencia y, por tanto, una mayor capacidad de aprendizaje.

Así llegamos al tercer grado de saber: la experiencia. Aquí ya estamos en un ámbito propio de lo humano que presupone tanto la sensación como la memoria, ya que una experiencia se forma a través de la repetición de sensaciones y de su recuerdo. Pero, además, a la base de la experiencia debe estar también la capacidad de razonar. Esto es lo que convierte a la misma en una facultad exclusivamente humana. La experiencia supone entonces cierta capacidad de dar un orden a los datos de los sentidos de la cual el resto de los animales carece.

La importancia de la experiencia radica en que a partir de ella se da lugar al arte (téchne) y a la ciencia (epistéme). Tanto la téchne, en tanto saber productivo, como la epistéme, en cuanto saber por el saber mismo, suponen un conocimiento universal y causal que requiere de la base empírica que proporciona la experiencia. Ésta nos previene del azar y nos facilita un grado de previsión fundamental sobre aquello que puede ocurrir: a través de haber experimentado casos semejantes, el ser humano puede formar una idea general. Esto significa que tenemos una capacidad inductiva que nos lleva a estas nociones generales y que, por lo tanto, nos conduce a este grado inmediatamente superior de saber que constituye la técnica.

En este sentido, Aristóteles señala que la experiencia nos da conocimiento sobre lo particular, en tanto que el saber técnico y científico proporciona un saber de lo universal. Sin embargo, esta universalidad se lleva a cabo a través del conocimiento de los particulares. Lo universal constituye el conocimiento y esto implica que el científico pueda dar cuenta de las causas, lo cual el hombre de experiencia no es capaz de hacer ya que él sólo accede a hechos particulares, sin poder dar explicación alguna de sus causas. La generalización que logra la ciencia no consiste en una acumulación de conocimientos particulares sino en poder dar cuenta, por intermedio de cierta abstracción, de que es lo que los hace formar parte de esa generalización. Esto hace al científico más sabio que al hombre de experiencia de la misma manera que quien dirige una obra es más sabio que el obrero, en cuánto estos últimos desconocen las causas de aquello que hacen, siendo su saber meramente práctico y sólo aplicable a casos individuales. Siguiendo este razonamiento, Aristóteles afirma que conocer las causas es condición indispensable para poder llevar a cabo la enseñanza y esto último constituye, entonces, otra nota distintiva del hombre de ciencia por sobre el hombre de experiencia, quien no es capaz de transmitir su saber de carácter práctico.

Dicho lo anterior, se puede concluir entonces que los grados superiores del saber suponen a los inferiores y, siguiendo esta lógica, la experiencia supone la sensación y la memoria de la misma manera que la técnica y la ciencia suponen la experiencia. Para alcanzar la sabiduría, para llevar esta disposición natural de la potencia al acto, no podemos saltear ninguno de estos niveles y, por lo tanto, todo conocimiento comenzará por la sensación y los hechos observados, sin dejar de tener en vista el télos.

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