top of page

Berkeley y los principios del conocimiento humano

  • Foto del escritor: Gabriel Herrera
    Gabriel Herrera
  • 15 sept 2021
  • 4 Min. de lectura

En su Tratado, Berkeley hace hincapié en la desviación que ha sufrido la investigación de la verdad, no por un defecto de las facultades humanas sino por un persistente apoyo en principios falsos. Este desvío se debe fundamentalmente a “la naturaleza y el abuso del lenguaje”, el cual está a la base de la opinión de que “la mente tiene el poder de formar ideas abstractas[1]. Buscaré explicar por qué esto representa un problema para Berkeley y cuál es su propuesta, en base a su propia concepción de las ideas.

El blanco principal de las críticas de Berkeley va a ser su lectura de la tesis de las ideas abstractas sostenida por John Locke. El mismo estaría sosteniendo que la mente tiene la capacidad de separar las cualidades que se combinan en un objeto para formar ideas abstractas. Esto quiere decir que, a partir de las cosas particulares, uno podría formar una idea de ellas por aquello que tienen en común. En este sentido, sería posible formar una idea abstracta en la que participan por igual todos los seres particulares con ciertas cualidades en común, haciendo completa abstracción y dejando fuera “todas aquellas circunstancias o diferencias que puedan determinarlos a existir de una manera particular”[2].

Entonces, como puede verse, la idea en Locke desecha toda singularidad. Berkeley no comparte esta opinión y, en cambio, considera que toda idea es particular. Todo lo que puedo hacer con ellas es combinarlas y recortarlas de diversas maneras, pero sin llegar jamás a formar una idea abstracta a partir de las cualidades que van unidas a un objeto, ni tampoco de una noción general mediante la abstracción de los particulares. Nuestra capacidad de abstraer se reduce, por ejemplo, a que yo pueda concebir al movimiento separado de un cuerpo, pero esto no habilita la formación de una idea de movimiento sin cuerpo.

Ahora bien, Berkeley encuentra que el fundamento de este prejuicio filosófico, consistente en nuestra capacidad de formar ideas abstractas, se encuentra en el uso y abuso del lenguaje, esto es, “el supuesto de que el hacer uso de las palabras implica tener ideas generales”[3]. Esto lleva, justamente, a pensar que los seres humanos, en cuanto poseedores de lenguaje (y esto nos diferenciaría de las bestias), somos capaces de efectuar una abstracción o generalización sobre nuestras ideas. Berkeley, por su parte, no rechaza la existencia de ideas generales, en cuanto estas resultan de una idea particular que “deviene general al hacer que represente o simbolice todas las demás ideas particulares de la misma clase”[4]. En el fondo, cuando hablamos de ideas generales, estamos hablando de ideas concretas particulares, en cuanto no serían más que un aumento de la extensión de algunas ideas particulares que, de este modo, podrían denotar otras ideas particulares.

Teniendo en cuenta lo anterior, el rechazo del autor va a estar dirigido solamente a la existencia de ideas generales abstractas. Las ideas así pensadas no tienen función alguna para la comunicación, ni tampoco para la amplificación del conocimiento. Los principios que busca establecer Berkeley precisan de la desvinculación entre las palabras (y, por tanto, la abstracción) y las ideas. Se trata, entonces, de confinar los pensamientos a las propias ideas “desnudas de palabras”, ya que si no se corre el riesgo de creer que los nombres siempre representan ideas, buscando a las mismas donde no las hay (Introducción, §23-24).

Todo lo antedicho resulta de importancia ya que las ideas, para Berkeley, constituyen el objeto del conocimiento humano, ya sea que estén impresas en los sentidos, o asociadas a las operaciones de la mente, o ya sea que provengan de la memoria y la imaginación. Las ideas son lo que está a la base de aquello que se considera equivocadamente como materia, es decir, las cosas son sólo un conjunto de ideas que se acompañan mutuamente (§1). El ser de la idea es, además, pasivo y necesita de un sujeto activo (espíritu, alma o yo y, en última instancia, Dios) para ser percibida, por lo cual, su existencia misma depende de este sujeto percipiente.

El inmaterialismo berkeleiano conduce, entonces, a impugnar la doctrina de las ideas abstractas, ya que la tesis materialista, según la cual existen cosas independientes de su ser percibidas, depende de ella. Justamente, esto radica en la creencia de que a partir de la existencia de la materia puedo formar ideas. Para Berkeley, las ideas solo refieren a otras ideas y la abstracción que busca referir ideas a la materia, distinguiendo la existencia de la última de su ser percibida, resulta absurda. Nuestra capacidad de abstracción tiene un límite, y ese límite es la percepción misma.

En suma, la existencia de ideas abstractas constituye un prejuicio nodal que pone trabas al conocimiento de los primeros principios. Esta tesis nos puede llevar a la creencia de que hay ideas (generales) que remiten a objetos correspondientes a ellas. Berkeley acepta las ideas generales sólo en tanto son nociones de aquello que hay de universal en un objeto particular. Las ideas son, en definitiva, objetos singulares en la mente de quien percibe y no remiten a ningún objeto extramental. Separar a la idea de la cosa, como pretende la teoría de la abstracción, es querer separar una cosa de sí misma (§5). Esta es, entonces, la contradicción irreconciliable que encuentra Berkeley.

[1]Berkeley G., Tratado sobre los principios del conocimiento humano, Alianza, Madrid, 1992, p.34 [2] Berkeley G., Tratado sobre los principios del conocimiento humano, Alianza, Madrid, 1992, p.36 [3] Berkeley G., Tratado sobre los principios del conocimiento humano, Alianza, Madrid, 1992, p.39 [4] Berkeley G., Tratado sobre los principios del conocimiento humano, Alianza, Madrid, 1992, p.41

Comentarios


Publicar: Blog2_Post

©2021 por Sísifo feliz. Creada con Wix.com

bottom of page