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Empíricamente real, trascendentalmente ideal: el espacio kantiano

  • Foto del escritor: Gabriel Herrera
    Gabriel Herrera
  • 15 sept 2021
  • 4 Min. de lectura

En la Estética Trascendental, luego de las exposiciones metafísica y trascendental del espacio, Kant llega a varias conclusiones. Una de ellas consiste en que el espacio tiene una realidad empírica y, a la vez, una idealidad trascendental (B44). Para justificar esto, antes se deberá demostrar que el espacio es una intuición pura. Por lo cual, se hará una breve reconstrucción de los argumentos que preceden a esta conclusión.

En esta sección, Kant va a aislar la facultad pasiva y receptiva de la sensibilidad, dejando de lado el entendimiento, para determinar si hay condiciones sensibles a priori aplicables a lo empíricamente dado. Primeramente, en la Exposición metafísica, demostrará que el espacio es una representación pura a priori y, en segundo lugar, que tiene un carácter intuitivo (no conceptual).

Por un lado, un primer argumento afirma que el espacio no puede ser empírico ya que no se deriva de la experiencia externa, sino que la presupone, tanto al referir mis sensaciones fuera de mí como al representarme las cosas unas fuera de las otras. Por otro lado, Kant sostiene que se puede pensar en un espacio sin objetos, pero no puedo representarme objetos externos sin espacio (B38-39). Ambos argumentos llevan a la conclusión de que el espacio es una representación a priori, condición de posibilidad de la cosa externa en cuanto fenómeno.

Ahora bien, para establecer el carácter intuitivo del espacio, Kant despliega dos nuevos argumentos. El primero de ellos parte de la premisa de que sólo podemos representarnos un espacio único y omniabarcante, cuyas partes sólo pueden ser representadas en él por limitación y no como componentes que lo preceden. Esto determina la singularidad del espacio y, por tanto, su carácter intuitivo. El segundo argumento afirma que “el espacio es representado como una magnitud infinita dada” (B39) y llega a la conclusión de que, a diferencia del concepto, el mismo contiene en sí (y no bajo sí) una multiplicidad infinita de representaciones, lo cual la convierte en una intuición que, por lo dicho anteriormente, será a priori.

A continuación, en la Exposición trascendental, Kant establecerá el carácter sintético a priori de la geometría, ciencia que trata del espacio y que, como tal, tendrá a la base de ella esta representación intuitiva y pura del espacio ya establecida. La geometría garantiza con su carácter sintético la existencia de la intuición pura del espacio, a la vez, que asegura el valor objetivo de la misma. [1]

Entonces, pasando a las conclusiones, el espacio es una representación intuitiva a priori y, en su carácter intuitivo, estará ligado a la sensibilidad y no a la sensación o afección. El espacio no tiene que ver, entonces, con el contenido (lo dado como dato sensible) sino con la forma en que se nos dan las sensaciones. El espacio es la forma en que la sensibilidad me pone en contacto con el objeto, no en tanto cosa en sí, sino en cuanto fenómeno. No será, entonces, una propiedad de las cosas en sí mismas sino la forma en que se me dan todos los fenómenos externos, “es una condición subjetiva de la sensibilidad, sólo bajo la cual es posible para nosotros la intuición externa” (B42).

De esta forma, llegamos a la conclusión final de que el espacio tiene realidad empírica e idealidad trascendental. La realidad empírica tiene que ver con que el espacio es real en cuanto representación intuitiva (según lo establecido en la Exposición metafísica), es decir que, en cuanto es la forma subjetiva en que recibo lo que me es dado empíricamente, todos los objetos externos obtenidos por la experiencia se me van a dar como fenómenos bajo esta forma espacial y no se podrían dar sin él. En este sentido, la realidad tiene que ver con la validez objetiva, en cuanto el espacio es una forma subjetiva pero, a la vez, es condición de lo que se me aparece realmente en la experiencia, esto es, el objeto fenoménico. El espacio es, por tanto, una representación subjetiva y, al mismo tiempo, objetiva (válida para mí y para todos) ya que me permite tener un conocimiento a priori respecto de los objetos.

Ahora bien, al no ser una determinación que tengan las cosas en sí mismas y al estar limitado a los fenómenos, si hago abstracción de las formas de la sensibilidad y, por tanto, de las condiciones de posibilidad de la experiencia, el espacio ya no es nada. Por lo tanto, pierde su realidad y, en este sentido, el espacio es trascendentalmente ideal. Esto es así porque de la cosa en sí no hay nada que pueda ser conocido y al espacio no le corresponde “ningún ente que subsiste independientemente del proceso de representárselo”[2].

En conclusión, la realidad empírica del espacio queda asegurada por su idealidad trascendental. El mismo no podría ser nunca una cosa en sí o una de sus propiedades, ya que de esa forma “nunca podríamos estar seguros de que la representación que de ellos tenemos es enteramente adecuada”.[3] Si la realidad del espacio fuera trascendental, posiblemente no podríamos tener representación alguna de él y la experiencia no se nos daría bajo su forma. Nuestra finitud justamente tiene que ver con esto, el objeto nos debe ser dado a través de la sensibilidad y sus formas, esas son las limitaciones (de las que depende la validez objetiva) que contraponen nuestra intuición derivada a una intuición divina y originaria.

[1] Al respecto, véase Torretti M., Manuel Kant, Charcas, Buenos Aires, 1980, p.186. [2] Torretti M., Manuel Kant, Charcas, Buenos Aires, 1980, p.199. [3] Torretti M., Manuel Kant, Charcas, Buenos Aires, 1980, p.207. Allison se pregunta al respecto: “¿por qué no sería posible que el espacio fuera tal forma y que, al mismo tiempo, las cosas en sí fueran espaciales o estuvieran en el espacio?” Esto es lo que algunos intérpretes llamaron la alternativa inadvertida. (Allison H., El idealismo trascendental de Kant: una interpretación y defensa, Anthropos, México, 1992, p.184)

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