Interseccionalidad y privilegios
- Gabriel Herrera
- 15 sept 2021
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 28 sept 2021
Una lectura aditiva es aquella que considera que la suma de la experiencia de las mujeres blancas por un lado y la experiencia de los varones negros por el otro, son suficiente para reflejar la experiencia de las mujeres negras. Es decir, que las experiencias de opresión –ya sea por razones de género, raza o clase- se sumarían de manera diferenciada, actuando individualmente y resultando en una acumulación de desventajas que no se tocan entre sí. De esta manera, se terminan por jerarquizar y des-historizar las opresiones al otorgar más valor a unas experiencias que a otras y pensar raza, género y clase como categorías estables y carentes de contexto; esto desemboca en problemas políticos que llevan a una competencia por tener el título de grupo más oprimido.
La interseccionalidad, en cambio, no parte de un enfoque aritmético sino que “revela lo que no se ve cuando categorías como género y raza se conceptualizan como separadas unas de otra” (Lugones, 2008: 81). En cuanto busca diferenciarse de las políticas identitarias, rechaza una perspectiva unidimensional de la opresión y llama la atención sobre las diferencias que se dan al interior de los mismos grupos oprimidos. Crenshaw muestra que las experiencias de las personas dentro de una categoría identitaria son cualitativamente diferentes entre sí y que, al reducir las políticas de identidad de forma dicotómica entre mujer o persona de color, se invisibiliza la identidad de las mujeres de color relegándolas a “un lugar sin discurso” (1991:88). Esto redunda en que las mujeres de color, en cuánto identidades interseccionales, pierden representatividad dentro de los discursos feministas y antirracistas. Para Crenshaw, las experiencias correspondientes a raza y género no se suman sino que “se cruzan y dan lugar a aspectos estructurales y políticos propios de la violencia contra las mujeres de color” (1991: 89). Por lo tanto, lo que se da es una interrelación entre las estructuras de género, raza y clase que resulta co-constitutiva, en tanto no se pueden considerar en forma independiente sino que, como expresa Kergoat, se coproducen mutuamente. Las mujeres de color tienen entonces experiencias concretas y diferenciales en comparación a las mujeres blancas y los hombres negros. Su situación económica, social y política es radicalmente distinta; y la intersección, como señala Lugones, busca mostrar esa ausencia, ese vacío en el que cae la mujer negra en cuanto ni la categoría “mujer”, ni la categoría “negro” la terminan por incluir. De acuerdo a este razonamiento, “solo al percibir género y raza como entretramados o fusionados indisolublemente, podemos realmente ver a las mujeres de color” (Lugones, 2008: 81)
Por otra parte, cabe destacar que la interseccionalidad afecta al compromiso político de las mujeres de color que, en virtud de este entrecruzamiento, se ven sumidas en un desempoderamiento interseccional; en cuanto la forma en la que viven el sexismo y el racismo no coincide siempre con la manera en que las viven las mujeres blancas y los hombres negros que conforman las agrupaciones feministas y antirracistas respectivamente. Esto desemboca en un reparto de las energías en agendas políticas que suelen contraponerse, teniendo en cuenta que el feminismo no suele considerar las cuestiones raciales y que el antirracismo no se involucra en los problemas de las mujeres. Desde un enfoque aditivo, bastaría para la mujer negra verse representada por cada grupo político, por un lado en cuánto mujer y por el otro en cuánto mujer de color. La interseccionalidad nos muestra, en cambio, que esto resulta insuficiente para beneficiar en forma concreta y significativa a las mujeres de color, cuyas experiencias particulares son excluidas para privilegiar otras que, a lo sumo, pueden coincidir parcialmente con las suyas.
Partiendo de estas premisas suscitadas por un enfoque interseccional se puede realizar también un análisis del privilegio, ya que el mismo está determinado a su vez por la interseccionalidad. En este sentido, todas las personas ocupan lugares de privilegio y opresión que pueden variar en determinados contextos y épocas. Vemos, en primer lugar, cómo esto se hace patente al interior de los mismos grupos oprimidos. Tomando de nuevo como caso paradigmático a la mujer de color, se puede ver que en su calidad de mujer no corre con las mismas ventajas que las mujeres blancas, y en su calidad de persona de color no tiene los mismos privilegios que los hombres de color; generando un problema de insuficiencia al interior de los movimientos feministas y antirracistas. Crenshaw, sin nombrar explícitamente el privilegio, ya está señalando en parte esta problemática (o al menos sentando sus bases) cuando elabora la crítica a las políticas identitarias esbozada más arriba y advierte sobre la existencia de estas diferencias intragrupales reveladas por el entretejido de categorías identitarias cualitativamente diferentes.
Justamente, si el género no puede separarse de las dimensiones de raza y clase, se habilita la consideración de que no todas las mujeres o todxs lxs negrxs sufren las mismas desventajas ni todos los hombres o todxs lxs blancxs tienen los mismos privilegios. En este sentido, Bornstein elabora la idea de un sistema género/identidad/poder para mostrar cómo el género está entramado con otras categorías identitarias que son invisibilizadas por el binarismo. Esta invisibilización esconde una jerarquización en la posición social de lxs sujetxs. Bornstein lo ilustra con un sistema piramidal que ubica a lxs sujetxs de abajo hacia arriba según tengan menos o más poder respectivamente. A medida que vamos ascendiendo en la pirámide hay cada vez menos personas, las cuales a su vez ostentan más privilegios y se acercan a un género perfecto (el cual es, por supuesto, masculino). Como señala la autora, “la altura de la pirámide mide la cantidad de poder que una persona tiene en el mundo, y el ancho de la pirámide mide el número de personas que tienen esa cantidad de poder” (Bornstein, 2015: 191). De esta manera, como ejemplo ilustrativo, una mujer negra y pobre se situará en la pirámide por debajo de una mujer blanca y rica (o incluso pobre). Así, subiendo hasta la cima encontramos al sujeto que se considera perfecto no sólo en cuanto a género sino también en cuanto a raza y clase; es decir que encontramos a un hombre blanco y rico (entre muchos otros rasgos de los que cabe destacar, por ejemplo, el heterosexismo).
Por último, cabe destacar que el privilegio se apoya en una asimetría estructural que muchas veces no visualizamos en razón de como fuimos educados. McIntosh caracteriza al privilegio blanco (que no es el único privilegio, ni lo es en forma lineal y unidimensional) como “una maleta invisible e ingrávida llena de provisiones especiales” (1989). El hecho de ignorar que se lleva esta maleta de privilegios inmerecidos –ya sea por raza, género, edad, religión, orientación sexual, etc.- se debe para la autora a una educación basada en la enseñanza de que lxs blancxs son lo moralmente neutro, lo universal y lo normativo; y, por lo tanto, un ideal al cual aspirar. Esta invisibilización del privilegio tiene consecuencias éticas que resultan en el fortalecimiento de ciertos mitos sobre una igualdad que no es tal -en tanto el privilegio es visto por la autora como otra cara de la opresión- y que sirven como herramienta política “para mantener el poder en las manos de los mismos grupos que ya tienen gran parte de éste” (McIntosh, 1989). En definitiva, en cuanto este silencio es estructural, más allá de identificar individualmente e introspectivamente nuestros privilegios, se necesita de una construcción colectiva para desmantelar los mismos, ya que ser o no ser privilegiado no es algo que se elija y que dependa de la voluntad de los particulares.
Bibliografía
Combahee River Collective (2012). “Un manifiesto feminista Negro”. En L. Platero (ed.), Intersecciones: cuerpos y sexualidades en la encrucijada. Barcelona: Bellaterra.
Crenshaw, Kimberlé (2012). “Cartografiando los márgenes. Interseccionalidad, políticas identitarias, y violencia contra las mujeres de color”. En L. Platero (ed.), Intersecciones: cuerpos y sexualidades en la encrucijada. Barcelona: Bellaterra.
McIntosh, Peggy (1989). “White Privilege: Unpacking the Invisible Knapsack”. Women’s International League for Peace and Freedom, Philadelphia, PA. (Traducción).
Bornstein, Kate (2015). “¿Quién está en la cima? (¿y por qué estamos abajo?) (¿y es ese realmente un lugar tan malo para estar?)”. Revista Àrtemis.
Lugones, María (2008). “Colonialidad y Género”. En Mignolo, Walter (comp.) Género y descolonialidad. Buenos Aires: Ediciones del Signo. pp 13-54.
Viveros, Mara (2016). “La interseccionalidad: una aproximación situada a la dominación”. Debate feminista, 52, 1-17.
Smith, Andrea (2013). “El problema con el privilegio”.
Online https://andrea366.wordpress.com/2013/08/14/the-problem-with-privilege-by-andrea-smith/ (Traducción)




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