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Reinterpretando a Simone de Beauvoir

  • Foto del escritor: Gabriel Herrera
    Gabriel Herrera
  • 14 sept 2021
  • 8 Min. de lectura

“No se nace mujer, se llega a serlo”

A partir de la idea de que no se es mujer sino que se deviene, Beauvoir plantea una crítica al paradigma imperante a lo largo de la historia, el cual se constituía sobre la base de un marcado determinismo y esencialismo de carácter binario, donde esta binariedad era leída en clave jerárquica y asimétrica. Desde esta visión, se proclama el destino biológico de la femineidad y la inferioridad de la mujer con respecto al hombre a través del mito del “eterno femenino”. Según Beauvoir, esta diferenciación asimétrica no tiene asidero en la biología, sino que se construye desde lo cultural y lo educativo.

La idea de Beauvoir queda montada sobre su concepción existencialista, en cuanto expresa el rechazo a la idea de que hay una esencia predeterminada, ya que el ser humano es carencia, una nada que se va haciendo en su libertad para actuar y trascender a través de proyectos. En lo que respecta a la mujer, la creencia en una esencia ya dada e inmutable se traduce en el confinamiento a una forma de ser y comportarse, a un destino ineludible del cual no puede ni debe desviarse. Esta esencia, para Beauvoir, no es un hecho sino una construcción que viene auspiciada por la mirada y la acción del Otro, en este caso del hombre, que se auto-instituye como lo Uno a partir del cual se confiere su lugar de inferioridad a la mujer, creando así ese círculo vicioso en el que se crea una lectura de que la mujer es aquello a lo que en realidad se la ha condenado. De esta forma, se construye una relación de opresión, en una dinámica carente de reciprocidad, donde el hombre se afirma como sujeto esencial y trascendente mientras la mujer, en tanto la Otra del Sujeto, queda sujeta a la inmanencia y fijada como objeto, viéndose privada de su libertad y su anhelo de trascender. Beauvoir afirma que “lo que define de una manera singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como lo Otro: se pretende fijarla en objeto y consagrarla a la inmanencia, ya que su trascendencia será perpetuamente trascendida por otra conciencia esencial y soberana”[1].

Para Beauvoir, no hay ningún instinto de carácter innato que destine a la mujer a un papel pasivo sino que ésta está situada en el mundo (que ya es un mundo masculino) de esta manera. La mujer es en un tiempo y en un lugar (y en un cuerpo) que se presenta como la situación a partir de la cual puede ejercer sus elecciones. En cuanto oprimida, y entendiendo que la opresión nunca es natural, la mujer es despojada de su libertad entendida como trascendencia quedando atada al ámbito inmanente de la facticidad. Para la autora, “ninguna mujer puede pretender sin mala fe situarse por encima de su sexo”[2]. Negar la situación existencial que le toca como mujer es entonces, según Beauvoir, un acto de mala fe, un modo de vida inauténtico, así como también lo es complacerse en ella. Lejos de aceptar esta situación, la mujer debe operar a partir de ella de manera activa y responsable, comprendiendo que no es sólo facticidad sino que ésta se encuentra en tensión con su libertad para crear e intentar superar su condición de oprimida. En definitiva, no hay determinismo alguno sino que la mujer se elige en situación.


Una lectura constructivista

El trabajo de Beauvoir va a sentar las bases sobre las cuales surgirá el constructivismo de la segunda ola del feminismo. Si bien Beauvoir no hace mención de la distinción sexo/género, su idea del devenir mujer ya lleva ínsita el germen de dicha distinción. Desde el constructivismo se compartirá esta idea de que no se es mujer sino que se llega a serlo, pero reemplazará la idea existencialista de situación por el de socialización. Siguiendo estos lineamientos, autoras como Millet sostienen que ese proceso de socialización, desde el cual se impone una lectura socio-cultural y política, es el que constituye a los cuerpos sexuados en cuanto machos y hembras como varones y mujeres respectivamente, exigiendoles el cumplimiento de ciertas expectativas y prescribiendoles una forma de ser y desear.

Millet hace una lectura de la política entendida como relación de dominio, en este caso, de hombres sobre mujeres. Esta relación es la que se traduce en la institución del patriarcado, que posiciona al hombre como norma y oprime a las mujeres condenandolas a la inferioridad y la sumisión. Así, el patriarcado lleva adelante una “política sexual” que adjudica a ambos sexos un temperamento, un rol y una posición social: “la agresividad, la inteligencia, la fuerza y la eficacia, en el macho; la pasividad, la ignorancia, la docilidad, la virtud y la inutilidad, en la hembra”[3]. En términos beauvoirianos, el patriarcado se puede leer como la situación opresiva que funciona como punto de partida desde el cual las mujeres deben actuar para lograr un cambio radical.

De esta forma, al igual que Beauvoir, Millet rechaza las ideas biologicistas y hace hincapié en las bases culturales de las distinciones entre los sexos. Así, queda constituida la identidad de género que pasa por ser esencial y connatural al sexo, cuando en realidad estos pueden ir por caminos independientes. “El desarrollo de la identidad genérica depende, en el transcurso de la infancia, de la suma de todo aquello que los padres, los compañeros y la cultura en general consideran propio de cada género en lo concerniente al temperamento, al carácter, a los intereses, a la posición, a los méritos, a los gestos y a las expresiones”[4]. En este sentido, Millet habla del proceso de socialización que se lleva a cabo desde la temprana edad (con la familia y el matrimonio como representantes del patriarcado) y se hace eco de las ideas de Beauvoir sobre la infancia como un momento crucial para amoldar el comportamiento de varones y mujeres, así como también para propiciar la mirada que la mujer, entendida como el “sexo”, proyecta sobre su propio cuerpo “hasta convertirlo en la carga que pasa por ser”[5].


Una reinterpretación queer


Butler parte de la afirmación de Beauvoir y la reinterpreta desde un constructivismo radical para ir más allá de lo que esta autora concluye y expandir las implicaciones de la frase. Para Butler, tanto Beauvoir como el feminismo de la segunda ola parten de una concepción determinista y binaria del sexo. En estas concepciones el género es aquello que se construye culturalmente como hombre/mujer sobre la base de un dato fáctico que se traduce en dos sexos invariables (macho/hembra) y anatómicamente determinados sin tener en cuenta los posibles entrecruzamientos. Butler intentará desmontar la distinción sexo/género como aquello que se lee en clave de lo naturalmente dado y lo culturalmente construído. Para ella, el sexo no es un dato biológico sino que, al igual que el género, está socialmente construído. De esta forma, Butler afirma que “el género no es a la cultura lo que el sexo es a la naturaleza; el género también es el medio discursivo/cultural a través del cual la «naturaleza sexuada» o un «sexo natural» se forma y establece como «prediscursivo», anterior a la cultura , una superficie políticamente neutral sobre la cual actúa la cultura”[6].

Butler considera que ni la biología ni la cultura se pueden convertir en destino y que, por lo tanto, las mujeres no se hacen en relación a algo que ya son o que necesariamente deban devenir. La afirmación de que “no se nace mujer: se llega a serlo”[7] implica una agente que, entendida por Beauvoir como “situación histórica”, obliga a su cuerpo a conformarse con una idea histórica de mujer y que se adueña de un género que no tiene porqué ser aquel que se desprende de su sexo. De esta manera, partiendo de la idea de Butler de que “el sexo, por definición, siempre ha sido género”[8] y que como tal no tiene una existencia prediscursiva, no podemos leer el cuerpo como un medio pasivo sobre el que se inscriben ciertos significados culturales sino que hay que leerlo como siendo ya en sí mismo una construcción que parece adquirir una existencia significativa a partir de la marca de género. A partir de estas premisas, se desprende el hecho de que nunca se puede llegar a ser mujer (u hombre) sino que estamos continuamente convirtiéndonos y deviniendo sin llegar a un resultado genérico definitivo. Aún quienes pretenden haber establecido su género en forma conclusiva deben reafirmarse y resignificarse constantemente a través de una estilización repetida del cuerpo y de la iteración de ciertas acciones.

En una reapropiación de la crítica nietzscheana a la metafísica de la sustancia, Butler afirma que “no existe una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se construye performativamente por las mismas «expresiones» que, al parecer, son resultado de ésta”[9]. Es decir, el género constituye la identidad que supone que es y, mediante esta repetición sucesiva de actos en el tiempo, se procede a crear una apariencia de sustancia haciéndonos creer que detrás de ese hacer hay un ser natural, una identidad en la que el cuerpo está atrapado. Esta apariencia de sustancia funciona como una ficción regulativa y, como tal, es “una identidad construida, un resultado performativo llevado a cabo que la audiencia social mundana, incluyendo los propios actores, ha venido a creer y a actuar como creencia”[10].

Para Butler, la corporeización se manifiesta en una estilización de la existencia y, asimismo, el género resulta ser un estilo corporal, intencional y performativo que se construye a través de actos constitutivos y sobre la creencia en su naturalidad (ocultando su propia génesis), cuando en realidad es artificial y constituye una estrategia (más que un proyecto entendido en términos existencialistas) para la supervivencia cultural, teniendo en cuenta que la performance de género se da siempre en una situación de coacción social. “El sujeto, para Butler, es una producción ritualizada, una reiteración ritual bajo ciertas condiciones de prohibición y de tabú”[11].

Así, los actos performativos se interpretan según normas ya preestablecidas por el colectivo social, y el individuo sólo los actualiza y reproduce una vez que éstos ya fueron ensayados por otros actores antes de que éste haya entrado en escena. Así, esta performance repetida individualmente es a la vez “reactuación y reexperimentación de un conjunto de significados ya socialmente establecidos; es la forma mundana y ritualizada de su legitimación”[12]. En conclusión, si es mediante estos actos performativos llevados a cabo en un espacio corporal restringido por directivas culturales ya existentes como los individuos realizan la identidad de género, Butler encuentra que “en la relación arbitraria entre esos actos, en las diferentes maneras posibles de repetición, en la ruptura o la repetición subversiva de este estilo, se hallarán posibilidades de transformar el género”[13].

[1] De Beauvoir S., El segundo sexo, México, Sudamericana, 1999, p.31. [2] De Beauvoir S., Ibíd, p.16. [3] Millet K., La política sexual, Madrid, Cátedra, 1995, p.72. [4] Millet K, Ibíd., p.80. [5] Millet K, Ibíd., p.106. [6] Butler J., El género en disputa, Barcelona, Paidós, 2007, p.55-56. [7] De Beauvoir S., El segundo sexo, México, Sudamericana, 1999, p.207. [8] Butler J., El género en disputa, Barcelona, Paidós, 2007, p.57. [9] Butler, J., Ibíd., p.85. [10] Butler, J., Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista, México, Debate feminista (18), 1998, p.297. [11] Femenías, M., Ellas lo pensaron antes: Filósofas excluidas de la memoria, Lea, 2020. [12] Butler, J., Ibíd., p.307. [13] Butler, J., Ibíd., p.297.

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