La circularidad del argumento ontológico cartesiano
- Gabriel Herrera
- 15 sept 2021
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Actualizado: 28 sept 2021
Una vez alcanzada la certeza del cogito, Descartes necesita derribar la hipótesis del genio maligno y comenzar a recuperar todo aquello que había puesto en duda en la primera meditación. Para ello, necesitará probar la existencia de Dios. De esta manera, podrá tener un garante bondadoso que valide todos los conocimientos a los que pueda acceder con el sólo uso de la razón.
En la tercera meditación, Descartes procede a demostrar la existencia de Dios a partir de dos argumentos a posteriori, a saber: uno que parte de la idea de Dios que hay en él; y otro que parte de la propia existencia. En ambos casos, Descartes se va remontando hasta la causa de esos efectos, la cual será Dios. En cambio, en la quinta meditación, Descartes propone otra prueba de la existencia de Dios que consiste en un argumento ontológico. El mismo consiste en derivar la existencia de Dios de su esencia. El razonamiento parte de la idea de que concebimos a Dios como un ser perfecto, y siendo la existencia una perfección (Descartes no lo dice, pero lo supone), ésta no puede faltarle a Dios.
Aquí se puede vislumbrar un asunto discutible que tiene que ver con el criterio de verdad propuesto por Descartes. Según este criterio, todo aquello que concibo con claridad y distinción debe ser verdadero, es decir, debe ser tal cual yo lo concibo. El problema yace en que este criterio parecería necesitar la garantía divina que aún no tengo, cualquier premisa que se introduzca para probar la existencia de Dios debería estar garantizada por la veracidad divina.
A raíz del argumento a priori, Descartes ya recibe varias críticas con respecto a la circularidad del argumento, en tanto parte de premisas o supuestos (por ejemplo, el principio de causalidad, la ontología heredada y la concepción de realidad formal y realidad objetiva, entre otros) de los cuales Dios sería la garantía. Por lo cual, al introducir esas premisas parece ser que Descartes se olvidó (o no quiso) de aplicar su propio método al no emplear la duda hiperbólica. Si el genio maligno afecta todo menos al cogito (cuestión que en Descartes se trata con cierta ambigüedad), deberíamos dudar de todos esos supuestos. Cottingham señala a este respecto las dificultades sobre la posibilidad de que haya una auto-garantía de las evidencias o, por el contrario, que la duda cartesiana deba extenderse incluso a las intuiciones de verdades percibidas clara y distintamente por una mente atenta.
En las respuestas y objeciones, los autores le marcan esta cuestión a Descartes en varias ocasiones. Tanto Mersenne como Arnauld, quien habla de un “círculo vicioso”, se lo señalan; y Gassendi, tal cual lo cita Hamelin, dice al respecto: “Vos admitís que una idea clara y distinta es verdadera, porque Dios existe, porque es el Autor de esa idea y porque es veraz; y por otra parte, admitís que Dios existe, que es creador y veraz, porque tenéis de Él una idea clara y distinta. El circulo es evidente”[1]. Descartes responderá que Dios no es el garante del conocimiento intuitivo, el cual no necesitaría esta garantía, sino sólo de los procesos discursivos, en los que hay un movimiento del pensamiento y entra en juego la memoria. Descartes señala, entonces, una distinción entre “las cosas que concebimos (…) muy claramente, y aquellas que recordamos haber concebido muy claramente en otro tiempo”[2].Pero esta respuesta no termina de cerrar el círculo, ya que el mismo argumento presentado para demostrar la existencia de Dios es un proceso discursivo que necesitaría la garantía divina.
En cuanto al argumento ontológico, podemos decir que éste se apoya justamente en la aceptación de que la idea innata que tengo de Dios es de por sí una idea clara y distinta. Si yo concibo a Dios como perfecto, debe serlo sin duda. Y si, además, concibo que la existencia es una perfección (otro supuesto que Descartes está introduciendo y que Gassendi le discute) no me queda otra alternativa que la de aceptar la existencia divina. Visto de esta forma, la única forma de que este argumento no incurra en una circularidad es suponer que las ideas claras y distintas se sostengan por sí solas. En el caso de que necesitaran de la garantía divina, el argumento no tendría valor alguno ya que estaría dependiendo de que la misma existencia de Dios haya sido demostrada con anterioridad y, por lo tanto, no se agregaría nada nuevo.
En conclusión, el argumento ontológico no parece poder escapar a la acusación de circularidad, a no ser que aceptemos que el cogito puede sostenerse a sí mismo como garante de la claridad y distinción (conceptos nunca bien explicados según apunta Mersenne en las Segundas objeciones) de las evidencias que intuye, independientemente de la existencia de un Dios bondadoso e incapaz de engañar. Sin embargo, Descartes muestra cierta vacilación al respecto y la respuesta que da en las objeciones no parece desprenderse directamente de los argumentos presentados en las Meditaciones mismas.
[1] Ver Hamelin O., El sistema de Descartes, p. 148. [2]Descartes, Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas, Alfaguara, Madrid, 1977, p. 103.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Cottingham J., Descartes, UNAM, México, 1995
Descartes R., Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas, Alfaguara, Madrid, 1977
Descartes R. Discurso del método / Meditaciones metafísicas, Terramar, La Plata, 2004
Hamelin O., El sistema de Descartes




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