La reminiscencia: Fedón vs Menón
- Gabriel Herrera
- 15 sept 2021
- 3 Min. de lectura
En el pasaje del Fedón en el cual se introduce el argumento de la reminiscencia, Platón busca demostrar la inmortalidad del alma. A través de la voz de Sócrates, el filósofo se propone convencer a su interlocutor de que conocer es recordar o, en otras palabras, que el aprendizaje es una reminiscencia. Esto ya señala una diferencia con respecto al Menón, dónde el problema del conocimiento es el tema a tratar y, en cambio, la inmortalidad del alma ya funciona como presupuesto para, de manera inversa al Fedón, arribar a la tesis de la reminiscencia.
Volviendo al Fedón, el tema a tratar es introducido por uno de los interlocutores, en este caso Cebes, quien afirma que si el conocimiento consiste en recordar eso implicaría que el alma haya existido previamente a adquirir forma humana, lo cual la convertiría en algo inmortal (Fedón 73a). En reacción a esta aseveración, Simmias pide una explicación que justifique la tesis y será Sócrates quien asuma esta responsabilidad.
El argumento parte de premisas que son aceptadas sin oposición alguna. La primera de ellas consiste en la idea de que todo lo que se recuerda tiene que ser conocido con anterioridad. La segunda premisa sostiene que, al estar en presencia de alguna sensación, uno concibe mucho más que aquello que se nos presenta. Esto se debe a un proceso de reminiscencia que es despertado por una relación de semejanza y que nos remite a algo diferente de aquello que estamos percibiendo. En este sentido, hay una asociación que nos lleva, por ejemplo, de un retrato al recuerdo de la persona retratada en él. Sin embargo, en esta semejanza podemos captar la imperfección propia de aquello que es una imitación.
A partir de aquí, Sócrates irá encaminando el argumento hacia la exposición de la relación que el filósofo tiene con las ideas. Justamente, esta relación de semejanza es la que se da entre las ideas y los particulares, y la misma despierta en el filósofo una añoranza de la idea en cuanto se reconoce su ausencia a partir de la deficiencia de lo sensible. Esta introducción de las ideas es algo que no encontramos en el Menón, ya que allí no hay una indagación sobre cuáles son los objetos del conocimiento, sino que se trata la cuestión de cómo el alma puede emprender la búsqueda del saber.
El desplazamiento argumentativo de Sócrates en este pasaje del Fedón (74a) se produce con la introducción de lo igual en sí y su distinción con respecto a las cosas iguales. Es decir, las cosas iguales que se nos presentan a los sentidos, en tanto imperfectas, son tan iguales como desiguales y nunca podrían servir de base para el conocimiento de lo igual en sí. Aquí se remarca entonces la deficiencia ontológica de lo sensible con respecto a la idea en cuanto las cosas iguales aspiran a ser como lo igual pero no lo logran más que de manera imperfecta.
Esta deficiencia es algo que sólo el filósofo parece poder captar y que los amantes de las opiniones no logran reconocer. El reconocimiento de la diferencia ontológica le permite al filósofo, en cuanto amante del saber, iniciar el proceso de reminiscencia a partir de los sentidos. Esto marca otra diferencia con el Menón, ya que aquí el proceso de recuerdo no es puesto en marcha por los sentidos sino por el interrogatorio que Sócrates hace al esclavo. Por otra parte, el proceso de aprendizaje en este diálogo es accesible a cualquiera que acepte su ignorancia y tenga la disposición para buscar y conocer (tal como señala Mondolfo, esto constituye incluso un requisito), dándole un mayor alcance a la anámnesis frente a la aparente exclusividad que se le da en el Fedón, a pesar de que se pueda rastrear en éste una cierta universalización del proceso de recuerdo aunque en distintos niveles, como se señaló más arriba.
Retomando el argumento, a continuación, Sócrates procede a afirmar que si aquello que vemos nos remite a lo igual es sólo porque previamente pudimos contemplar la igualdad en sí, aunque la mayoría no sea consciente del proceso que los lleva a este recuerdo. De aquí se concluye que este conocimiento y el de todo “lo que es” tuvo que haber sido adquirido antes de haber nacido. Al nacer, entonces, olvidamos este conocimiento y el aprendizaje no sería otra cosa que una recuperación del mismo mediante el recuerdo. Así, en 76a, Sócrates concluye que aprender es reminiscencia.



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