Los elementos de la tragedia en Poética
- Gabriel Herrera
- 15 sept 2021
- 3 Min. de lectura
En primer lugar, Aristóteles comienza la Poética haciendo referencia a los medios de imitación que utiliza la poesía, a saber: la armonía, el ritmo y el lenguaje. Estos medios son utilizados en su totalidad en la tragedia, ya sea de manera separada o simultánea. De los elementos constitutivos de la tragedia mencionados en el pasaje, los medios a los que hace referencia, y que son los descriptos en Poética I, se corresponderían con la expresión lingüística y la música.
En el cap. II, se hará referencia al objeto de la imitación. Éste será la acción humana con sus caracteres correspondientes, los cuales pueden dividirse básicamente en buenos y malos (identificables con lo bello y lo feo respectivamente). Los tres objetos de imitación mencionados en el pasaje serán entonces la trama, los caracteres y los pensamientos (los últimos dos supeditados a la primera).
Por último, Poética III trata la cuestión de los modos de imitación, los cuales difieren aunque puedan coincidir en sus medios y objeto. Aristóteles traza una distinción entre un modo narrativo, que puede ser directo o indirecto, y un modo dramático, en el cual el poeta recurre solamente al discurso de los personajes. El modo dramático es el que se corresponde con la tragedia, esto se hace patente en el hecho de que la etimología de la palabra drama remite a la imitación de acciones. El modo podría estar haciendo referencia, dentro de los elementos constitutivos de la tragedia, al espectáculo pues, como sostiene Aristóteles, es actuando como se hace la imitación (1449b32).
En cuanto a los elementos de la tragedia, será la trama, entendida como combinación de los actos, la que tenga una mayor primacía. Esto se desprende de la misma definición de tragedia como imitación de acciones. La tragedia, en cuanto escapa a la particularidad y busca una universalización paradigmática de la vida y condición humanas, no imita a los hombres y sus caracteres o pensamientos, sino a sus actos, ya que son estos los que determinan la dicha o la desdicha de quienes los llevan a cabo. Es decir, los actos resultantes de las elecciones del héroe trágico se vuelven imprescindibles para alcanzar el télos identificado éticamente con la dicha, por lo cual podría hacerse una lectura que lleve de un buen actuar (y no necesariamente del buen carácter) a un bien-estar.
De esta manera, los actos se constituyen como el fin mismo de la tragedia y, considerando la concepción teleológica aristotélica, será lo más importante. El carácter se hace patente sólo mediante las acciones del personaje, es subsidiario de ellas; son las elecciones del personaje ante las situaciones que se le presentan las que dejan ver su carácter, por lo cual la tragedia puede carecer de caracteres pero no puede, bajo ningún concepto, prescindir de la trama. Sin embargo, siempre que hay trama es prácticamente imposible que no haya caracteres.
La trama es, además, el elemento fundamental para generar mediante una articulación orgánica de las acciones (con sus respectivas peripecias y reconocimientos) los efectos emotivos buscados por el poeta trágico, a saber: el temor y la conmiseración. Para despertar estas pasiones, la imitación debe referirse a caracteres iguales o mejores que nosotros (aunque no perfectos) para poder lograr cierta identificación entre el espectador y el héroe, y estos caracteres justamente se dejan ver en las acciones. La conmiseración se daría por el reconocimiento de que los errores son involuntarios (ajenos a un carácter perverso) y la desdicha es inmerecida; y el temor estaría dado por esta identificación que nos permite pensar que aquello que le sucede al héroe también puede pasarnos a nosotros. A través de estas afecciones es que se produce la kátharsis o purificación de las pasiones. Ésta despierta varias interpretaciones, ya que se puede hacer una lectura de ella tanto en sentido religioso, en sentido terapéutico (en cuanto generaría un efecto benéfico y placentero en el espectador) así como también en sentido ético. Este último sentido liga a la acción con la eudaimonía, es decir que las acciones revelan aspectos prácticos de la vida humana y la tragedia mostraría que la bondad y el buen vivir no vienen necesariamente juntos (Nussbaum p. 472-474).
En conclusión, la acción, causalmente articulada, es lo que Aristóteles considera como el elemento constitutivo central de la tragedia, en tanto es el objeto de imitación de esta última. Por lo cual, los actos son el fin de la tragedia y a la vez, al generar conmiseración y temor de acuerdo con lo que Sinnot llama una “lógica de los contrarios” expresada en la peripecia y el reconocimiento, llevan a otro fin que se traslada al espectador a modo de purificación.




Comentarios