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Protágoras, maestro de areté política

  • Foto del escritor: Gabriel Herrera
    Gabriel Herrera
  • 15 sept 2021
  • 3 Min. de lectura

En el Protágoras, Platón presenta al sofista como defensor de la tesis de que la virtud es enseñable. Tras los cuestionamientos de Sócrates, Protágoras procede a contar el mito de Prometeo, mito con el que espera demostrar su postura. Resumidamente, este mito cuenta que, en el momento de la creación de los seres mortales, Prometeo y Epimeteo recibieron el encargo de repartir las capacidades naturales a cada especie. Epimeteo se encargó de la distribución de las mismas, pero las agotó antes de poder dotar a los seres humanos. Prometeo, para solucionar esto, roba el fuego y la sabiduría a Atenea y Hefesto y la entrega al hombre. El hombre obtendrá así la técnica, simbolizada por el fuego, pero aún le faltará la téchne política. Esta primera donación de Prometeo resulta entonces insuficiente para el desarrollo de la política.

A raíz de esta insuficiencia, Protágoras introduce una segunda donación hecha por Zeus y que incluye a la vergüenza y la justicia. La vergüenza o aidós está relacionada con la mirada del otro, con la apariencia. La díke, en cambio, se refiere a una ley que desde fuera une al conjunto de los ciudadanos. A la hora de repartir ambas cosas, Zeus decide donarlas a todos por igual (a diferencia del conocimiento), por lo cual todos participarán de la vergüenza y la justicia constituyendo, de esa manera, la política. Esto se traduce en que todos pueden (y deben) participar de los asuntos públicos. Por lo cual, estaríamos ante un alegato de la isegoría propia de la forma democrática consolidada en la pólis ateniense hacia el siglo V a.C.

Por otra parte, Protágoras hablará de la justicia en términos que serán planteados de una manera similar en La República. Para proteger los fundamentos mismos de la pólis, Protágoras juzga que no podemos cometer injusticias de manera abierta; si cometemos injusticias, éstas deben escapar a la mirada del otro. Para que esto sea posible, el camino es el de la apariencia: se debe aparentar ser justo. El principal problema no es que se vaya en contra de la justicia, sino que no se aparente ser justo.

Por último, hay que remarcar que, dado que las capacidades fueron repartidas desigualmente, todos podrán participar de la comunidad política, pero en distintos grados. Así se justifica el rol del maestro, es decir del sofista, que enseña la areté política. De esta forma, Protágoras está justificando la conjugación de la participación política comunitaria propia de la democracia de su época (horizontalidad) con la posibilidad de que haya maestros capaces de enseñar la virtud a sus discípulos (verticalidad). Como señala Romilly, Protágoras estaba seguro de que “la retórica y la política van estrechamente ligadas, siendo el objeto de la primera llegar a la segunda y proporcionarle todas las armas para ello” (Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles, p. 22).

Protágoras se constituye entonces en un defensor de la democracia ateniense, de sus valores basados en la isonomía e isegoría. El sofista será justamente el encargado de enseñar a los ciudadanos menos capacitados a ejercer esa isegoría en forma adecuada para que puedan participar de manera exitosa en las Asambleas. El lenguaje y la oratoria eran las herramientas fundamentales para direccionar las decisiones políticas en la Atenas del siglo V a.C., por lo cual el sofista se erigía en una figura central del ejercicio persuasivo de la palabra en un contexto democrático.

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