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Malebranche: la nada no tiene propiedades

  • Foto del escritor: Gabriel Herrera
    Gabriel Herrera
  • 15 sept 2021
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 28 sept 2021

En un pasaje de las Conversaciones sobre la metafísica y la muerte Aristeo afirma —a propósito del gabinete donde se llevan a cabo las conversaciones con Teodoro— que “si Dios hubiera destruido esta habitación, ciertamente no sería visible, ya que la nada no tiene propiedades.” La respuesta de Teodoro es que la habitación no sería reducida a la nada solo por ser destruida, ya que la visibilidad no es inherente a ella en cuanto materia. Al mirar la habitación, lo que veo no es a ella misma como extensión perteneciente al mundo material, el cual es confuso y cambiante. Lo que veo al mirar es al arquetipo, a la extensión inteligible que no tiene dimensiones materiales y que, por ello, no ocupa ningún lugar en el espacio físico[1]. Esta extensión con dimensiones de la que forma parte la habitación que miro es, entonces, la consumación del arquetipo.

Entonces, el mundo material es invisible por sí mismo y sólo se hace visible en tanto Dios crea (en forma continua) la extensión a partir de arquetipos eternos que, a diferencia del mundo corporal, no dependen de la creación divina. De esta forma, Dios hace sensibles a las ideas inteligibles imprimiendo lo infinito en lo finito de manera que, cuando miramos, vemos ideas que no están en nuestra mente a la manera cartesiana, sino que están en Dios. En este sentido, cuando vemos accedemos a la Razón Universal. Aun cuando el mundo fuera destruido, lo cual Dios no puede querer en forma positiva, estos arquetipos permanecerían en virtud de su carácter eterno, inmutable, necesario y divino.

El mundo material es, entonces, sólo una determinación de la extensión inteligible. En atención a esto, Malebranche afirma a través de su alter ego Teodoro que “de esta vasta idea se forma en nosotros no sólo la idea del círculo y de todas las figuras puramente inteligibles, sino también las ideas de todas las figuras sensibles que vemos al mirar el mundo creado”[2]. Es de esta manera que, al mirar el mundo finito a partir de nuestro espíritu, también finito, podemos ver lo infinito. Esto es posible en tanto la extensión inteligible se aplica a nuestro espíritu, ya que sólo así percibo las cosas materiales. Para Malebranche, no hay una relación entre el alma y los cuerpos que me permita percibir a los mismos, ya que los cuerpos son extensos pero mi alma no lo es, por lo cual los primeros no pueden actuar sobre la segunda ni tampoco hacérsele presentes. En este sentido, afirmará que “las almas no salen del cuerpo” y que “solo pueden ver los cuerpos externos por las ideas que los representan”.[3]

Por otra parte, cabe aclarar que estas ideas no vienen ni de los objetos, ni son creadas por mi propio espíritu, el cual ni siquiera las contiene al modo de las ideas innatas cartesianas. Esto iría contra la simplicidad de la acción divina. Malebranche afirma, entonces, que las ideas están en Dios; y en cuanto éste está estrechamente ligado a nuestra alma, en cuanto nos unimos a la Razón Universal que hay en él, nuestro espíritu puede ver las ideas en Dios. Esto no significa ver la esencia de Dios (vemos que es, no lo que es), ya que cuanto vemos, lo vemos particularizado y en su relación con las criaturas. Y, en cierto sentido, es esto lo que nos hace extraviar ya que, al guiarnos por nuestros sentidos, ponemos a los sentimientos que nos afectan por encima de las ideas que representan las cosas, otorgando más realidad a los primeros que a los segundos, priorizando el sentimiento (siempre confuso) por sobre el conocimiento claro. De esta manera, perdemos de vista que “nuestras almas dependen de Dios en todo, pues lo mismo que es Dios quien les hace sentir el dolor, el placer y todas las demás sensaciones por la unión natural que ha puesto entre ellas y nuestros cuerpos, que no es otra cosa más que su decreto y su voluntad general, así es El quien también por la unión natural que ha ordenado entre la voluntad del hombre y la representación de las ideas, a las que abarca la inmensidad del Ser divino, les hace conocer todo lo que conocen; y esta unión natural es igualmente su voluntad general”[4].

En definitiva, como resumen de lo antedicho, podemos concluir que la habitación que Aristeo ve sólo es visible en cuánto es determinada o particularizada por la extensión inteligible infinita y en cuánto Dios, basándose en este arquetipo al cual no puede modificar, decide crearla. Para el autor, es cierto que la nada no tiene propiedades, pero ante la destrucción de la habitación hay algo eterno e inmutable que permanece y ese algo es la extensión inteligible, arquetipo del mundo material habitado por nosotros. Para evitar caer en la trampa de los sentidos, como hace Aristeo, sólo basta con consultar a la Razón Universal, la cual no es distinta a Dios mismo, sino que le es coeterna y consustancial[5]. Es por la unión de nuestro espíritu con esta Razón Universal, que somos capaces de ver la habitación o cualquier otro cuerpo extenso.

[1]Ver Malebranche, Conversaciones sobre la metafísica y la religión, Encuentro, Madrid, 2006, p.39 [2]Malebranche, Ibid., p.41 [3]Malebranche, Acerca de la investigación de la verdad, Sígueme, Salamanca, 2009 p.311 [4]Malebranche, Ibid p.332. [5]Ver Malebranche, Ibid., p.768.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA


Malebranche, Conversaciones sobre la metafísica y la religión, Encuentro, Madrid, 2006

Malebranche, Acerca de la investigación de la verdad, Sígueme, Salamanca, 2009

Pyle A., Malebranche, Routledge, Londres, 2003



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