Relaciones de ideas y cuestiones de hecho
- Gabriel Herrera
- 15 sept 2021
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En la sección 4 de la "Investigación sobre el conocimiento humano", Hume hace una distinción entre relaciones de ideas y cuestiones de hecho. Ambas corresponden a los objetos de la investigación humana y la distinción queda reducida sólo a una de estas dos alternativas, sin posibilidad de combinarlas. Se procederá a distinguir ambos conceptos para luego insertarlos en los argumentos que Hume despliega, mediante las dos tesis negativas, acerca de la relación causa-efecto
Por un lado, una relación de ideas es aquella que se apoya en el principio de no contradicción, lo cual la convierte en necesaria y lógicamente verdadera. En este sentido, el conocimiento que tengo de ellas es a priori. En esta clasificación entra “toda afirmación que es intuitiva o demostrativamente cierta”[1]. Un ejemplo de estas relaciones de ideas son las verdades matemáticas, las cuales son aquí de carácter analítico. En cambio, las cuestiones de hecho no se apoyan en el principio de no contradicción, por lo cual es posible negarlas. Como afirma Hume: “Lo contrario de cualquier cuestión de hecho es, en cualquier caso posible, porque jamás puede implicar una contradicción”[2]. Su apoyo sólo se encuentra en la experiencia, y esto redunda en que su verdad solo puede ser establecida a posteriori. Así como las relaciones de ideas tratan sobre verdades o falsedades lógicas (en la forma), las cuestiones de hecho refieren a verdades de hecho, que como tales, deben pensarse a posteriori, aunque esto no implique que siempre sean cognoscibles empíricamente.
Por otra parte, ambos tipos de conocimiento pueden darse de manera mediata o inmediata, en tanto requieran o no del uso del razonamiento para ser conocidas. Así, las relaciones de ideas serán inmediatas cuando estemos tratando con un enunciado cuya simple comprensión de los términos revele su verdad, y serán mediatas cuando requieran demostraciones más complejas. En cambio, las cuestiones de hecho serán inmediatas en tanto sean captadas de manera directa por los sentidos y la memoria individual, siendo esto suficiente para determinar su verdad o falsedad; y, por el contrario, serán mediatas cuando escapen al alcance de los sentidos y la memoria y, por tanto, exijan el uso del razonamiento para ser conocidas.
Una vez establecidas las distinciones, Hume procede a realizar un análisis sobre la causalidad y comienza afirmando que “todos nuestros razonamientos acerca de cuestiones de hecho parecen fundarse en la relación de causa y efecto”[3]. Cuando se razona acerca de los hechos hay una suposición de que hay una conexión entre un hecho presente y el que se infiere de él. Esta relación tiene su base en la experiencia de una constante unión entre ambos hechos. No es, por tanto, una conexión necesaria dada en las impresiones sino sólo una conjunción constante entre dos hechos contiguos. Hume sostiene que el efecto y su causa son sucesos distintos (30) y, por lo tanto, no se puede afirmar nada sobre su relación mediante un razonamiento a priori, sino que será necesario el concurso de la experiencia para que la asignación de un efecto a su causa no resulte arbitraria. Hume concluye, entonces, en esta primera tesis negativa que: “Cuando razonamos a priori y consideramos meramente un objeto o causa, tal como aparece a la mente, independientemente de cualquier observación, nunca puede sugerirnos la noción de un objeto distinto, como lo es su efecto, ni mucho menos mostrarnos una conexión inseparable e inviolable entre ellos”[4].
A continuación, Hume presenta la segunda tesis negativa, donde analizará como se da el hecho de que a partir de una conjunción constante y regular se pueda prever que ante hechos similares se corresponderán efectos similares. Lo que dirá Hume es que esta conexión no es intuitiva, por lo cual cabría la posibilidad de que tal inferencia se alcance mediante un razonamiento probable. Pero el razonamiento parte de un principio de uniformidad de la naturaleza, es decir, de la suposición de que la naturaleza se comporta siempre de la misma manera; y este principio no se puede justificar a priori ya que refiere a una cuestión de hecho y no a relaciones de ideas. Sin embargo, tampoco podrá fundamentarse a posteriori, ya que al tratarse de un principio referido a un hecho general (a una cuestión de hecho mediata y, por tanto, inobservable), el mismo deberá tener a la base un razonamiento probable que a su vez necesitará nuevamente del principio (injustificable) de uniformidad de la naturaleza como premisa, conduciendo así a un argumento circular. Se incurre, entonces, en una petición de principio, ya que “toda inferencia realizada a partir de la experiencia supone, como fundamento, que el futuro será semejante”[5]. Entonces, la observación de un número finito de casos nunca será suficiente para inferir una ley universal, ya que la regularidad del pasado no tiene por qué ser la regularidad del futuro.
En conclusión, la conjunción de ambas tesis nos lleva a la afirmación de que los enunciados causales responden a cuestiones de hecho y no a relaciones de ideas. Por lo tanto, el conocimiento de las relaciones causales no se puede alcanzar por ningún tipo de razonamiento, ya sea a priori o a posteriori, ni siquiera a partir de un razonamiento probable. Esta conclusión servirá de base para el desarrollo que Hume hará en la sección posterior acerca de la formación de creencias.
[1]Hume D., Investigación sobre el conocimiento humano, Altaya, Barcelona, 1994, p.47 [2]Hume D., Investigación sobre el conocimiento humano, Altaya, Barcelona, 1994, p.48 [3] Hume D., Investigación sobre el conocimiento humano, Altaya, Barcelona, 1994, p.49 [4] Hume D., Investigación sobre el conocimiento humano, Altaya, Barcelona, 1994, p.54 [5] Hume D., Investigación sobre el conocimiento humano, Altaya, Barcelona, 1994, p.60




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